Los capítulos cuarenta y cuarenta y uno, que contienen las profecías de Jeremías después de la caída de Jerusalén, constituyen sus últimos mensajes al pueblo elegido. Estos se dividen en dos partes: primero, profecías en contra de ir a Egipto y, segundo, profecías en Egipto.

Evidentemente, Jeremías fue llevado con los cautivos, pero fue liberado, y Nabuzaradán le ofreció la posibilidad de elegir entre ir a Babilonia y establecerse en cualquier lugar de la tierra que eligiera. Jeremías decidió ir a Gedalías, el gobernador designado por el rey de Babilonia sobre las ciudades de Judá. A él algunas personas se sometieron y él trató de restablecer el orden. Allí se reunieron muchos de los judíos que estaban esparcidos por los países vecinos.

Johanán le informó al gobernador que Ismael estaba allí como emisario del rey de los hijos de Ammón, y que con la intención de quitarse la vida. Gedalías se negó a creer la historia y se negó a permitir que Johanan tomara la vida de Ismael como deseaba. Este capítulo nos da una idea del espantoso estado de las cosas. Todos los gobernantes y líderes habían sido llevados cautivos a Babilonia. Solo quedaron los más pobres, y entre ellos había un espíritu de desafección que amenazaba con manifestarse de muchas maneras.

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