Del lat. «in», y «caro», «carne»: el hecho de asumir un cuerpo de carne; el acto por el que el Hijo de Dios se revistió voluntariamente de un cuerno humano y de la naturaleza humana.

La encarnación de Jesucristo es el punto culminante de las revelaciones y manifestaciones procedentes de Dios en el mundo sensible. Por su misma esencia de amor, Dios no quiso quedarse aislado. Quiso manifestarse y, finalmente, encarnarse. Es así que inicialmente creó a los ángeles y a las criaturas celestes, esto es, a los espíritus servidores (He. 1:14); con ellos, al universo sensible que exalta su gloria a los ojos de las criaturas celestes (Sal. 19:1). La materia no es enemiga de Dios, sino un instrumento del que Dios se sirve para manifestar su poder y gloria. Este testimonio del poder divino es de tal claridad, a pesar del desorden que Satanás ha introducido en el mundo físico, que son inexcusables aquellos que rehúsan considerarlo (Ro. 1:20; cp. Hch. 14:17).

Más aún que los cielos estrellados y que las estaciones, más aún que la creación natural, el hombre, creado «a imagen de Dios» (Gn. 1:26, 27) tenía que manifestar en la carne la gloria de su Creador: el amor, la rectitud, la inteligencia, el orden, todo ello características esenciales de la divinidad. Sabemos cómo fue violado este plan divino en el Edén, donde el hombre fue seducido por el enemigo del Señor, y vino a quedar bajo el poder de Satanás y llegó a ser hijo del Diablo (1 Jn. 3:10). Entonces, Dios empezó a manifestarse en hombres-testigos, como p. ej., Enoc, que anduvo con Dios (Jud. 14), Noé el justo (Gn. 7:1), Abraham, el amigo de Dios. A través de ellos, Dios reveló su voluntad. Después vino el testimonio colectivo: Israel, que sería el testigo de Dios a las naciones.

Dios se manifestó de otra manera, en la Biblia. Se puede llegar a decir, en palabras de Adolphe Monod, que la Escritura (AT y NT) es como «una encarnación espiritual». Es a través del mensaje de los escritores inspirados (profetas y pastores), instrumentos escogidos de su revelación y vehículos de su pensamiento, que Dios ha hablado a los hombres.

Sin embargo, a pesar de todos los medios usados, persistía una gran separación entre el Creador y la criatura. Dios había actuado, hablado, pero no había venido aún personalmente a obrar la salvación, y a restaurar el contacto personal roto en el Edén. Isaías, el gran profeta, expresa la súplica de toda la humanidad sufriente al clamar: «¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras...!» (Is. 63:19). También da la maravillosa promesa: «Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios ......; Dios mismo vendrá, y os salvará» (Is. 35:4).

Ciertamente, Dios se había aparecido en teofanías (véase), las apariciones del Señor a los patriarcas y al pueblo de Israel (Gn. 18:1; 32:28-30; Éx. 3:2-7; 19:20; 24:10; 33:11, etc.). Pero éstas solamente tenían un carácter excepcional y pasajero. El Plan de la salvación conducía inevitablemente a la encarnación, a la venida de Dios en carne, en Jesucristo.

Según el AT, el Mesías debía ser el mismo Jehová, el Hijo de Dios único capaz de salvar (Sal. 2; 45:7-8; 110; Is .7:14; 9:5; 35:4; 40:9-11; Jer. 23:5-6; Mi. 5:1; Zac. 12:1, 10; 14:3-5). Por otra parte, este Mesías sería descendencia de la mujer, de la descendencia de Abraham, de Judá, y de David (Gn. 3:15; 22:18; 49:10; 2 S. 7:12-16); vendría a ser varón de dolores, y debería ofrecer su vida en la cruz en sacrificio por el pecado (Is. 53; Sal. 22:1-22; 40:7-9). ¿Cómo pueden ser posibles estas dos cosas?

El NT da una luminosa explicación: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros... lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14). «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1, 2). Es tan sólo esta manifestación la que puede apagar la sed del hombre: sed de volver a la relación con su Creador, de recibir la certidumbre de su amor total y de su salvación eterna. «Es preciso vivir sin religión, sin Dios en el mundo y sin esperanza, o recibir el misterio de la encarnación» (Vinet).

Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a Jesucristo al mundo. El Cristo, segunda Persona de la Trinidad, es Dios. «En Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad... todo fue creado por medio de Él y para Él» (Col. 1:16; 2:9; cp. 1 Jn. 1:1-18). Es el «cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos» (1 P. 1:20). «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra... Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten» (Col. 1:15-17). Es el Hijo, a quien Dios «constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (sostiene) todas las cosas con la palabra de su poder» (He. 1:1-3). Jesús dijo de sí mismo: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Jn. 8:58).

Al mismo tiempo el Salvador es verdaderamente hombre semejante a nosotros en todo a excepción del pecado (He. 2:17; 4:15) si Él es el eterno Cristo, es también Jesús de Nazaret, Aquel que es nombrado en los Evangelios más de 80 veces como «el Hijo del hombre» Jesucristo. De Él pudo decir Juan el Bautista: «Después de mí viene un varón el cual es antes de mí porque era primero que yo... Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Jn. 1:30-34). Pablo habla de Aquel que, nacido de Israel según la carne, es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos (Ro. 9:5 cp Ro. 1:3-4)

Cómo tuviera lugar la encarnación y cómo las dos naturalezas, la divina y la humana, se unieron en la sola persona de Jesucristo, es un misterio que nos sobrepasa. Sin explicarnos este misterio, la Escritura nos afirma simplemente el hecho del nacimiento milagroso. Nacido del Espíritu Santo y de la virgen María (Mt. 1:20-25; Lc. 1:31-35), el Señor es perfectamente hombre y perfectamente Dios: hombre, para ser solidario con nuestra raza y para representarnos ante el Padre, como nuestro goel (véase); Dios, para quitar nuestros pecados y para crear en nuestro favor una nueva humanidad. A los que afirman no poder aceptar una doctrina tan inexplicable se les puede preguntar cómo explican ellos la unión en el hombre del cuerpo y del espíritu. ¿Dónde está su nexo común? ¿Dónde exactamente termina lo uno y comienza lo otro? Éste es el misterio de la vida, que constatamos sin poder explicar, de manera similar a la unión de las dos naturalezas en Cristo. En los evangelios, el Cristo afirma serenamente las últimas consecuencias del hecho de la encarnación: «El que me ha visto a Mí ha visto al Padre» (Jn. 14:9). «Yo y el Padre uno somos» (Jn. 10:30). Los judíos que le comprendieron perfectamente tomaron piedras para lapidarlo, porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (Jn. 10:33).

Los ataques contra la doctrina de la encarnación han sido numerosos desde los primeros siglos.

Los gnósticos negaban su realidad y la reducían a una mera apariencia (docetismo).

Los arrianos rechazaban la divinidad de Cristo, no viendo en Él más que una criatura.

En nuestra época la concepción liberal o racionalista sigue esta línea, pretendiendo que Jesús fue simplemente un hombre, hijo de José. Juan se enfrentó solemnemente a tal negación (1 Jn. 4:2-3; 2 Jn. 7-11), denunciando que procede del espíritu del Anticristo.

La importancia de la encarnación es ciertamente fundamental. Por sí sola, da cuenta de la divinidad esencial del Cristo, que comporta su eternidad, su perfecta santidad, sus milagros, su poder, sus demandas absolutas. Al mismo tiempo, explica los hechos que, en vista de todo lo anterior, parecerían contradictorios: Su humillación, sus limitaciones humanas, sus sufrimientos, su agonía. Porque es evidente que si Él «participó de carne y sangre» lo hizo a fin de poder morir por nosotros (He. 2:14). El propósito de la encarnación, así, no era solamente el de venir a hablarnos y a revelarnos a Dios, sino sobre todo el de dar paso a la cruz. Aquel que era «en forma de Dios» se despojó a Sí mismo; apareció como un simple hombre, y se hizo obediente hasta la muerte de la cruz (Fil. 2:6-11). Dios, con su absoluta perfección moral, no podía hacer otra cosa que juzgarnos; y Él descendió en la persona de Cristo para ofrecerse para nuestra salvación. «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo... Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él» (2 Co. 5:19, 21).

Por una gracia incomprensible al volver a tomar su lugar a la diestra del Padre, el Cristo resucitado conserva la marca de su encarnación. Es el glorificado Hijo del hombre que se mostró a Juan (Ap. 1:12-18); y como tal aparecerá en las nubes del cielo (Dn. 7:13-14; Mt. 16:27; 24:30; Ap. 1:7); y es con las marcas de sus sufrimientos y muerte que será eternamente adorado en el cielo (Ap. 5:6-14). Sí, grande es el misterio de la piedad: «Aquel que fue manifestado en carne... creído en el mundo, ascendido a la gloria» (1 Ti. 3:16).


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