= «Jehová sana».

(a) Hijo y sucesor de Amón rey de Judá. Entronizado a los ocho años de edad hacia el año 638 a.C., tuvo como consejero durante su juventud, según parece, al sumo sacerdote Hilcías. Al año octavo de su reinado, se propuso actuar conforme a las leyes de Dios, y reformar según su voluntad la vida de la corte, con lo que comenzó a extirpar la idolatría y todo lo contrario a la Ley de Dios. Siguió en este esfuerzo a lo largo de los años, no sólo en Jerusalén y Judá, sino también en lo tocante al reino del norte (2 R. 22:1, 2; 2 Cr. 34:1-7, 33). En el año decimoctavo de su reinado, tomó enérgicas medidas para restaurar y embellecer el Templo. En el curso de las obras, el sumo sacerdote Hilcías encontró en el santuario el libro de la Ley, y lo entregó a Safán, el escriba, que lo leyó ante el rey. Josías quedó profundamente tocado por la profecía que anunciaba las terribles consecuencias de abandonar a Jehová. Rasgó sus vestiduras y se humilló ante Dios que, en su misericordia, le dio la certidumbre de que el juicio inminente no caería durante su vida (2 R. 22:8-20; 2 Cr. 34:15-28).

La profecía que tanto afectó al rey se halla en los capítulos 28 a 30 de Deuteronomio, especialmente en Dt. 29:25-28. El libro hallado por Hilcías, por lo tanto, contenía al menos el quinto libro de Moisés, o quizás el Pentateuco entero. En la época de la apostasía y de las persecuciones, bajo el dilatado reinado de Manasés, la consigna había sido indudablemente la de hacer desaparecer y destruir los libros sagrados (2 R. 21:16; 2 Cr. 33:9).

Hilcías descubrió probablemente la copia de la Ley que era asignada al Templo. El rollo habría sido escondido o tirado durante la profanación del santuario (Dt. 31:9, 26), o quizás, siguiendo una antigua tradición, hubiera sido emparedado durante la construcción del primer templo. Los críticos pretenden que este «descubrimiento del libro de la Ley de Moisés» bajo Josías fue tan sólo una piadosa superchería. Los sacerdotes, según los críticos, habrían redactado el Deuteronomio para presentarlo falsamente como un escrito de Moisés, con el objetivo de atribuirse mayor importancia. Sin embargo, esta teoría carece de todo fundamento, y se enfrenta directamente con la evidencia interna e histórica. (Véanse DEUTERONOMIO, PENTATEUCO.)

La lectura del libro dio un nuevo ímpetu a la reforma ya emprendida por Josías. Después de juramentarse a adorar solamente a Jehová, se apoderaron de todos los objetos del culto a Baal, Astarté y de todo el ejército del cielo, y, quemándolos, los arrojaron al torrente Cedrón. Se desató una campaña de destrucción contra los sodomitas, y se destruyeron los lugares altos, no sólo en el territorio de Judá, sino también en el territorio previamente ocupado por las diez tribus. En Bet-el, Josías exhumó las osamentas de los sacerdotes idólatras y las quemó sobre el altar cismático, cumpliendo así la profecía del varón de Dios en la época de Jeroboam I (1 R. 13:2). No dudó tampoco en dar muerte sobre los altares a los sacerdotes que sacrificaban sobre ellos. Después de purificar el país, Josías hizo celebrar una Pascua tan estrictamente observada como no se había visto desde la época de Samuel (2 R. 23:1-25; 2 Cr. 25:19-34:29).

Trece años después de esto, Josías trató de resistir al faraón Necao, que iba a luchar contra Asiria. Malherido en la batalla en Meguido, en la llanura de Jezreel, fue llevado a Jerusalén, donde murió. Había reinado 31 años, contando con 39 de edad, en el año 608 a.C. (2 R. 22:1; 23:29, 30; 2 Cr. 35:20-27; cfr. Zac. 12:11). Jeremías y Sofonías profetizaron durante la última parte de su reinado (Jer. 1:2; 3:6; Sof. 1:1). Fue sucedido por su hijo Joacaz. (Véase JOACAZ).

(b) Hijo de Sofonías, en la época del profeta Zacarías (Zac. 6:10).


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