Hay una treintena de palabras hebreas y seis griegas que se traducen «destrucción» o «perdición» (gr. «apoleia»). Algunas de ellas se aplican a pérdida o devastación experimentada en esta vida, y otras a una perdición futura y eterna. No hay sugerencia alguna en las Escrituras a ninguna aniquilación en ninguno de los pasajes, como tampoco hay aniquilación en el reino de lo material. Hay pasajes en los que se habla de la destrucción como un estado de existencia: «El Seol y el Abadón (destrucción) están delante de Jehová» (Pr. 15:11) «El Seol y el Abadón nunca se sacian» (Pr. 27:20).

En el NT se habla de «la perdición de los hombres impíos» (2 P. 3:7), y «de aquellos que retroceden para perdición» (He. 10:39). Se expone que es «espacioso el camino que lleva a perdición» (Mt. 7:13). El traidor que entregó a Jesús era «hijo de perdición» (Jn. 17:12) apelativo que recibe también el Inicuo que se ha de manifestar como el Anticristo en el futuro (2 Ts. 2:3). También la bestia está «para subir del abismo e ir a perdición» (Ap. 17:8). En 2 Ts. 1:9 se expresa el carácter de esta perdición y su duración: es una eterna exclusión de la presencia del Señor.

Para un examen más completo de lo que comporta esta eterna exclusión de la presencia de Dios, de lo inenarrable del sufrimiento y desesperanza de la perdición, véase CASTIGO ETERNO.


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