Y a la hora del sacrificio vespertino, hacia la mitad de la tarde, me levanté de mi tristeza, del estupor que lo había entumecido; y habiendo rasgado mi vestido y mi manto, indicando una vez más su ira, dolor y dolor, caí de rodillas y extendí mis manos hacia el Señor, mi Dios, en un gesto de humilde súplica,

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