Los que más llaman la atención en este capítulo son los relacionados con el nombre de Rubén. Aquí la luz suprema se enciende en el registro: "el Príncipe", hacia cuyo advenimiento todo se mueve, se nombra.

Sin embargo, no viene por la línea de la primogenitura. La primogenitura le fue dada a José, mientras que el Príncipe vino a través de Judá. A este respecto, también se apaga el principio de la selección divina. El primogénito real de los hijos de Israel fue Rubén, pero él, por el pecado, perdió la primogenitura, que, como hemos visto, pasó a José.

En estos ocasionales destellos de luz sobre el progreso de los acontecimientos, nada es más claro que la revelación del Dios que todo lo ve, cuyas selecciones se basan en su propia justicia infinita. Tal luz es a la vez motivo de alegría y temor en el corazón. La confianza nace de la certeza del método divino. Esta misma seguridad debe tener el efecto de solemnizar el corazón, ya que deja en claro que ningún supuesto derecho se obtiene ni por un momento en la economía de Dios si sus condiciones son violadas por la desobediencia de los hombres.

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