El siguiente movimiento describió la absoluta maldad de la ciudad. Sus pecados fundamentales de derramamiento de sangre e idolatría fueron nombrados y denunciados, y se describieron los males resultantes. Estos consistían en la opresión del pueblo por parte de los príncipes, en el desprecio de las cosas santas y en la profanación del sábado, en una impureza terrible y extendida, y en una codicia activa e inicua. A causa de estas cosas, el juicio de Jehová sería terrible, y se desafió a la gente a saber si podrían soportar el trato de Jehová con ellos. Nuevamente se enfatizó la verdad de que el método de juicio se caracterizaba por un procedimiento hacia el cumplimiento del propósito, por la figura del refinamiento de metales en el horno de fuego.

Nuevamente el profeta describió la corrupción de los habitantes, primero en una declaración general bajo la figura de una tierra sin riego, es decir, sin enseñanza, y la figura de manantiales contaminados, es decir, sin profetas. Luego procedió a formular cargos particulares contra sacerdotes, príncipes, profetas y personas. Los sacerdotes no habían podido discriminar entre lo impuro y lo limpio. Los príncipes habían oprimido cruelmente con fines egoístas.

Los profetas habían pronunciado falsas palabras de esperanza. El pueblo había sido culpable de oprimir al pobre, al necesitado y al extranjero. Luego concluyó describiendo la absoluta desesperanza del caso. No había ningún hombre que se interpusiera en la brecha, por lo tanto, el fuego de la ira debía seguir su camino.

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