49. El Señor esté entre mí y ti. Labán se encomienda al juicio de Dios, para la venganza, cualquier ofensa que cualquiera de ellos pudiera cometer contra el otro en su ausencia; como si dijera: "Aunque el conocimiento de la injuria no llegue a mí, porque estaré lejos, sin embargo, el Señor, que está en todas partes, la verá". Lo cual expresa de manera más clara después, cuando dice: "No hay testigo entre nosotros; Dios será testigo entre mí y ti". Con estas palabras quiere decir que Dios será un severo vengador de toda maldad, aunque no haya un juez en la tierra para decidir la causa. Y ciertamente, si hubiera alguna religión floreciendo en nosotros, la presencia de Dios nos influiría mucho más que la observación de los hombres. Pero es la estupidez brutal de nuestra carne la que nos hace reverenciar solo a los hombres; como si pudiéramos burlarnos de Dios impunemente cuando no somos convictos por el testimonio de los hombres. Si esta sensación común de la naturaleza le dictó a Labán que las fraudes ocultos a los hombres vendrían a juicio ante Dios; nosotros, que disfrutamos de la luz del evangelio, deberíamos avergonzarnos de buscar un refugio para nuestras falacias. De aquí también se desprende el uso legítimo de un juramento, como lo declara el Apóstol en su epístola a los hebreos; a saber, que los hombres, para poner fin a sus controversias, recurren al juicio de Dios.

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