1. Grande es Jehová, y muy alabado. El profeta, antes de proceder a mencionar ese ejemplo especial del favor de Dios hacia ellos, al que he anunciado, enseña en general que la ciudad de Jerusalén era feliz y próspera, porque Dios se había complacido graciosamente de tomar sobre él encargado de defenderlo y preservarlo. De esta manera, separa y distingue a la Iglesia de Dios de todo el resto del mundo; y cuando Dios selecciona de entre toda la raza humana a un pequeño número a quien abraza con su amor paternal, esta es una bendición invaluable que les otorga. Su maravillosa bondad y rectitud brillan en el gobierno de todo el mundo, de modo que no hay parte de él sin su alabanza, pero estamos en todas partes provistos de abundante materia para alabarlo. Aquí, sin embargo, el poeta inspirado celebra la gloria de Dios que se manifiesta en la protección de la Iglesia. Él declara que Jehová es grande, y grandemente alabado en la ciudad santa. Pero, ¿no es así también en todo el mundo? Indudablemente lo es. Como ya he dicho, no hay un rincón tan escondido en el que no penetre su sabiduría, justicia y bondad; pero siendo su voluntad que se manifiesten principalmente y de una manera particular en su Iglesia, el profeta pone muy bien ante nuestros ojos este espejo, en el que Dios da una representación más clara y vívida de su carácter. Al llamar a Jerusalén la montaña sagrada, nos enseña en una palabra, con qué derecho y en qué significa que se convirtió de manera peculiar en la ciudad de Dios. Fue así porque el arca del pacto había sido colocada allí por cita divina. La importancia de la expresión es esta: si Jerusalén es, por así decirlo, un hermoso y magnífico teatro en el que Dios tendría que contemplar la grandeza de su majestad, no se debe a ningún mérito propio, sino a que el arca del pacto fue establecido allí por el mandamiento de Dios como una señal o símbolo de su peculiar favor.

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad