Isaías 5:20

20 ¡Ay de los que a lo malo llaman bueno; y a lo bueno, malo! Consideran las tinieblas como luz, y la luz como tinieblas. Consideran lo amargo como dulce, y lo dulce como amargo.

Significado. Isaías pronuncia un «ay» solemne sobre quienes invierten el orden moral establecido por Dios, llamando bien al mal y mal al bien. Es el juicio divino contra la rebelión que pretende rediseñar la verdad a la medida del pecador.

Contexto. El libro de Isaías, escrito por el profeta del mismo nombre en el reino de Judá durante el siglo VIII a.C., se dirige a un pueblo que mantenía las formas externas del culto mientras su corazón se corrompía. Este versículo pertenece a la serie de seis «ayes» del capítulo 5, que sigue a la parábola de la viña infructuosa: el Señor había plantado a Israel esperando justicia, y halló en cambio iniquidad y opresión.

Explicación. El profeta denuncia una corrupción radical de la conciencia: no es solo que el pueblo peque, sino que ha pervertido las categorías mismas de bien y mal, tinieblas y luz, amargo y dulce. Desde la perspectiva reformada, esto revela la profundidad de la depravación total: el pecado no deja indemne ni siquiera el juicio moral del hombre, sino que oscurece su entendimiento (Romanos 1:21-22). Solo Dios, soberano Legislador, define la bondad; cuando la criatura usurpa ese trono y reescribe la ley a su antojo, se hace reo del juicio. El «ay» no es mera advertencia, sino sentencia anticipada que confirma que la verdad no es negociable ni construida por el hombre, sino revelada por el Creador.

Referencias relacionadas. Proverbios 17:15 declara abominación tanto justificar al impío como condenar al justo. Amós 5:7 reprende a quienes «convierten en ajenjo el juicio». Miqueas 3:2 habla de los que aborrecen el bien y aman el mal. En el Nuevo Testamento, Romanos 1:25 describe a quienes «cambiaron la verdad de Dios por la mentira», y 2 Timoteo 4:3 anuncia tiempos en que los hombres no soportarán la sana doctrina.

Aplicación práctica. Vivimos en una época que celebra precisamente esta inversión: lo que la Escritura llama pecado es exaltado como libertad, y lo que Dios llama santo es ridiculizado como atraso. El creyente, anclado en la Palabra como única regla infalible, está llamado a discernir según el criterio de Dios y no según el consenso cultural. No se trata de orgullo moral, sino de humilde sujeción a Aquel que define el bien; y en Cristo, la luz verdadera, hallamos tanto la norma como la gracia que sana nuestra conciencia entenebrecida.

Para reflexionar. ¿En qué áreas de mi vida o de mi pensamiento he aceptado en silencio las categorías del mundo, llamando bien a lo que Dios llama mal, en lugar de someter mi juicio a la verdad de las Escrituras?

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