Levítico 19:28
28 No harán incisiones en sus cuerpos a causa de algún difunto ni grabarán tatuajes sobre ustedes. Yo, el SEÑOR.
Significado. Dios prohíbe a su pueblo las marcas rituales de duelo y los tatuajes paganos, porque el cuerpo del creyente pertenece al Señor que lo creó y lo redime. La santidad abarca también lo que hacemos con nuestra carne.
Contexto. Levítico forma parte del Pentateuco mosaico, escrito por Moisés bajo inspiración divina para Israel recién salido de Egipto. El capítulo 19 desarrolla el llamado central «Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios», aplicándolo a la vida cotidiana. Los destinatarios son un pueblo del pacto rodeado de naciones cananeas cuyos cultos a los muertos incluían sajaduras en la piel y marcas en honor a los ídolos.
Explicación. El versículo une dos prácticas: las «sajaduras en la carne por un muerto» y las «señales» o tatuajes. Ambas estaban entrelazadas con el culto idolátrico cananeo y con una visión desesperada de la muerte que negaba la esperanza del pacto. Desde la perspectiva reformada, la prohibición no es un capricho arbitrario, sino expresión de la soberanía de Dios sobre todo el hombre, cuerpo y alma. El cierre enfático, «Yo Jehová», fundamenta el mandato en el carácter mismo de Dios y no en mera convención cultural. La ley ceremonial separaba a Israel de las naciones; la ley moral que late debajo —no deshonrar el cuerpo ni rendir tributo a los muertos como los paganos— permanece como principio para el pueblo de la nueva alianza.
Referencias relacionadas. Deuteronomio 14:1 repite la prohibición de sajarse por los muertos, recordando que somos «hijos de Jehová». La inutilidad de tales ritos brilla en 1 Reyes 18:28, donde los profetas de Baal se sajan en vano. La esperanza que vence el duelo desesperado aparece en 1 Tesalonicenses 4:13. Y el fundamento positivo lo da Pablo en 1 Corintios 6:19-20: el cuerpo es templo del Espíritu Santo, comprado por precio, para glorificar a Dios.
Aplicación práctica. El creyente reformado no vive bajo el código ceremonial, pero aprende de él que el cuerpo no es propiedad autónoma, sino don del Creador y morada del Espíritu. Frente a una cultura que trata la piel como lienzo de autoexpresión sin límite, la pregunta no es solo «¿está permitido?», sino «¿honra esto al Dios que me compró con la sangre de Cristo y consuela mi duelo con la resurrección?». Llamamos a la libertad cristiana ejercida con sabiduría, no al legalismo ni al libertinaje.
Para reflexionar. ¿De qué manera concreta confieso, con mi cuerpo y mis hábitos, que pertenezco al Señor soberano que me creó y me redimió?