Lucas 1:37

37 Porque ninguna cosa será imposible para Dios.

Significado. Lucas 1:37 declara que para Dios nada es imposible; ninguna palabra suya carece de poder para cumplirse. Es la afirmación de la omnipotencia soberana del Dios del pacto.

Contexto. El Evangelio según Lucas fue escrito por el médico Lucas, compañero de Pablo, para Teófilo y, por extensión, para una audiencia mayormente gentil que necesitaba certeza histórica de las cosas creídas. En este pasaje, el ángel Gabriel anuncia a María, una virgen humilde de Nazaret, que concebirá al Hijo del Altísimo; la frase del versículo 37 es la palabra final que sella el anuncio y responde por anticipado a la perplejidad de María, mencionando además la concepción de Isabel en su vejez como prueba viviente.

Explicación. El término traducido «imposible» (en griego, «adynaton») significa literalmente «sin poder», y se aplica aquí a toda «palabra» o «cosa» (rhēma) que procede de Dios. La lectura reformada subraya que la fuerza del versículo no descansa en la fe de María, sino en el carácter de Dios mismo: su voluntad eternamente decretada se ejecuta sin obstáculo, porque él obra todas las cosas según el consejo de su voluntad. La concepción virginal no es un milagro aislado, sino la irrupción de la gracia soberana que crea de la nada aquello que el hombre no puede producir, prefigurando la regeneración, donde Dios da vida a los muertos en delitos y pecados. Aquí brilla la soberanía divina: lo que él promete, infaliblemente lo cumple.

Referencias relacionadas. El versículo es un eco directo de Génesis 18:14, «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?», dicho a Sara respecto de Isaac, ligando ambos nacimientos en la línea del pacto. Jeremías 32:17 confiesa que nada es demasiado difícil para el Creador, y Job 42:2 declara que ningún propósito de Dios puede ser estorbado. Jesús mismo retoma la verdad en Lucas 18:27 y Mateo 19:26, mostrando que la salvación es obra de la omnipotencia divina y no del esfuerzo humano.

Aplicación práctica. El creyente que enfrenta circunstancias humanamente cerradas (un corazón endurecido, una promesa que tarda, una debilidad que parece insuperable) halla descanso no en su capacidad, sino en el Dios cuya palabra siempre se cumple. Como María, somos llamados a responder con humilde sumisión: «He aquí la sierva del Señor». La oración cobra sentido y audacia precisamente porque la dirigimos a Aquel para quien nada es imposible.

Para reflexionar. ¿Estoy descansando hoy en mis propias posibilidades, o en la palabra todopoderosa de Dios que no puede fallar?

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