Significado. Dios hirió a todo primogénito en Egipto, las primicias de su vigor, mostrando que el Señor soberano cobra lo que el opresor robó a su pueblo y reclama para sí lo que es primero.

Contexto. El Salmo 105 es un himno histórico de Israel, atribuido a la tradición davídica y entonado en la liturgia del templo (cf. 1 Crónicas 16). Recorre la fidelidad de Dios desde Abraham hasta la conquista, recordando al pueblo del pacto las grandes obras de su Redentor. El versículo 36 culmina el relato de las plagas: la décima y decisiva, la muerte de los primogénitos egipcios, que quebró la resistencia de Faraón y abrió la puerta del éxodo.

Explicación. La frase «las primicias de toda su fuerza» (en hebreo, lo más vigoroso de su procrear) subraya que Dios golpeó precisamente aquello en que Egipto cifraba su orgullo y continuidad. No fue un accidente ni un poder rival, sino el juicio directo del Dios soberano que «hace según su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra». La perspectiva reformada ve aquí el ejercicio de la libre y justa soberanía divina: el Señor endurece y libera según su consejo eterno (Romanos 9:17-18), y discrimina entre Egipto e Israel no por mérito, sino por gracia electiva y fidelidad al pacto. La sangre del cordero que protegió las casas hebreas anuncia ya la redención por sustitución.

Referencias relacionadas. Éxodo 12:29-30 narra el cumplimiento histórico; Salmos 78:51 repite el motivo; Hebreos 11:28 lee la Pascua por la fe; 1 Corintios 5:7 proclama que «nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada»; y Romanos 9 expone la soberanía de Dios en el endurecimiento de Faraón.

Aplicación práctica. Este versículo nos llama a reverenciar a un Dios cuya justicia es real y cuya misericordia es gratuita. Si el Señor no perdonó al opresor, tampoco pasaremos por alto el pecado en nosotros; pero quienes están bajo la sangre del Cordero verdadero pasan de la condenación a la vida. Descansa, pues, no en tu fuerza ni en tus primicias, sino en Cristo, refugio del juicio que merecíamos.

Para reflexionar. ¿Estás confiando en las «primicias de tu fuerza» —tus logros y seguridades— o te has puesto bajo la protección del Cordero que Dios mismo proveyó?

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