Significado. «Egipto se alegró cuando ellos salieron, porque su terror había caído sobre ellos»: el mismo Dios que oprime al impío para humillarlo, libera a su pueblo para glorificarse en él. La salvación de los suyos y el juicio de sus enemigos son una sola obra soberana.

Contexto. El Salmo 105 es un himno histórico que recorre los grandes hechos de Dios en favor de Israel, desde el pacto con Abraham hasta la entrada en Canaán. Atribuido a la tradición davídica y usado en la adoración del pueblo del pacto, su propósito es mover a la alabanza recordando la fidelidad divina. El versículo 38 mira atrás al Éxodo: tras las plagas y la Pascua, Egipto despide a los hebreos, no por bondad, sino quebrantado por el temor de Dios.

Explicación. El verbo traducido «se alegró» describe el alivio de quien por fin se libra de una carga insoportable; el «terror» (pájad) es el espanto que cayó sobre la nación tras la muerte de los primogénitos. Aquí brilla la soberanía absoluta de Dios: Él había endurecido el corazón de Faraón (Éxodo 9:16) y ahora doblega a todo Egipto, de modo que el opresor empuja hacia afuera al oprimido. La gracia que redime a Israel no se funda en mérito alguno del pueblo, sino en el pacto y en el propósito eterno de Dios de manifestar su nombre. Reformadamente leemos aquí que la liberación es enteramente obra suya, de principio a fin.

Referencias relacionadas. Éxodo 12:33-36 narra la salida y el despojo de Egipto; Éxodo 15:14-16 canta cómo el temor de Jehová paralizó a las naciones. Génesis 35:5 muestra el mismo «terror de Dios» protegiendo a los patriarcas. Romanos 9:17 cita el endurecimiento de Faraón como ejemplo del poder soberano de Dios, y Apocalipsis 15:3 une el cántico de Moisés al del Cordero.

Aplicación práctica. El creyente recuerda que ningún poder humano puede retener a quien Dios ha resuelto librar. Las cadenas del pecado, del temor o de la opresión ceden cuando el Señor obra, y aun los enemigos sirven, sin saberlo, a sus propósitos. Esto produce humildad —pues nada debemos a nuestra fuerza— y confianza serena: el mismo Dios que sacó a Israel nos ha sacado de las tinieblas en Cristo, nuestra Pascua verdadera.

Para reflexionar. ¿Reconozco que mi liberación, ayer y hoy, no nace de mi mérito sino del propósito soberano y misericordioso de Dios?

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