Salmo 107:39
Significado. Cuando la mano de Dios humilla a los pueblos, no actúa el azar ni la mera política humana, sino el Señor soberano que disminuye y exalta según su justo y sabio designio.
Contexto. El Salmo 107 abre el quinto libro del Salterio y es un cántico de acción de gracias de los redimidos, probablemente compuesto tras el regreso del exilio. Su autor anónimo invita a los rescatados de Jehová a confesar su misericordia (v. 1-2) recorriendo cuadros de angustia y liberación: el desierto, la prisión, la enfermedad y la tempestad. A partir del v. 33 el salmista vuelve la mirada a la providencia que gobierna la naturaleza y la historia, mostrando cómo Dios transforma ríos en sequía y, en nuestro versículo, abate a los que se habían multiplicado.
Explicación. El v. 39 dice que «son disminuidos y abatidos por la opresión, la calamidad y el dolor». El verbo describe un encogimiento, una reducción del número y la fuerza de quienes antes prosperaban. En el contraste con el v. 38, donde Dios «los multiplica grandemente», se revela la doble dirección de la providencia: la misma mano que bendice también disciplina. Para la fe reformada esto confirma la soberanía absoluta de Dios sobre las naciones; ni la prosperidad ni la ruina escapan de su decreto. La «opresión» y el «dolor» no son fuerzas autónomas, sino instrumentos en manos del Altísimo, que humilla al soberbio y, en el versículo siguiente, levanta al menesteroso. Es un gobierno que invierte las jerarquías humanas para que toda gloria sea suya.
Referencias relacionadas. El patrón resuena en el cántico de Ana: «Jehová empobrece y enriquece, abate y enaltece» (1 Samuel 2:7). María lo confiesa en el Magníficat: «Quitó de los tronos a los poderosos» (Lucas 1:52). Job reconoce que Dios «engrandece a las naciones y las destruye» (Job 12:23), y Daniel proclama que el Altísimo «quita reyes y pone reyes» (Daniel 2:21).
Aplicación práctica. Este versículo nos cura de dos errores: confiar en nuestra prosperidad como si fuera obra nuestra, y desesperar en la calamidad como si Dios nos hubiera abandonado. El creyente aprende a sostener bienes y pérdidas con manos abiertas, sabiendo que ambos pasan por la voluntad del Padre. Frente a imperios y poderes que hoy parecen invencibles, descansamos en que el Señor que los exaltó puede disminuirlos, y que su Iglesia, aunque pequeña, está guardada por el mismo Rey que ríe de la arrogancia de las naciones.
Para reflexionar. ¿Estoy buscando mi seguridad en lo que poseo y controlo, o en el Dios soberano que tanto abate como levanta según su misericordia?