Salmo 109:29
Significado. El justo perseguido entrega a Dios el juicio sobre sus adversarios, confiando en que la vergüenza de quienes le acusan será obra soberana de la justicia divina, no de la venganza humana.
Contexto. El Salmo 109 es atribuido a David, según el encabezado «Al músico principal. Salmo de David». Pertenece a los llamados salmos imprecatorios, donde el salmista, rodeado de acusadores falsos y mentirosos (vv. 2-5), clama a Dios por liberación y por la retribución de sus enemigos. El destinatario inmediato es el pueblo del pacto que canta y ora en medio de la opresión; el destinatario último es Dios mismo, juez de toda la tierra.
Explicación. El versículo dice: «Sean vestidos de ignominia los que me calumnian; sean cubiertos de su confusión como con manto». David emplea la imagen del vestido y del manto: así como la ropa cubre el cuerpo por completo, la vergüenza envolverá enteramente a los acusadores. No se trata de un deseo de rencor personal, sino de una apelación a la justicia retributiva de Dios, quien retribuye según las obras. El término hebreo para «ignominia» evoca la deshonra pública del que se opone al ungido del Señor. Desde la perspectiva reformada, este clamor reconoce que toda venganza pertenece a Dios y que el creyente, lejos de tomarla por su mano, la deposita en el tribunal soberano del Altísimo. El salmo es además mesiánico: Pedro lo aplica a Judas (Hechos 1:20), de modo que la oposición al rey davídico anticipa la oposición al Rey Cristo, cuya causa Dios reivindica.
Referencias relacionadas. Compárese con Salmos 35:26 y 132:18, donde los enemigos son cubiertos de confusión; con Deuteronomio 32:35 y Romanos 12:19, «mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor»; y con Hechos 1:20, que cita este salmo respecto a Judas. La inversión del versículo siguiente (v. 30), de la maldición a la alabanza, halla eco en Filipenses 4:6-7.
Aplicación práctica. Cuando somos calumniados o tratados injustamente, la fe reformada nos enseña a no devolver mal por mal, sino a confiar nuestra causa al Dios soberano que juzga rectamente. Orar pidiendo que se haga justicia no contradice el amor al enemigo, pues entregamos el juicio a Dios y nos guardamos del odio. Descansar en su soberanía libera el corazón de la amargura y nos permite seguir sirviendo con integridad.
Para reflexionar. ¿Estás dispuesto a soltar tu derecho a la venganza y confiar tu reputación herida al Dios que juzga con perfecta justicia?