Significado. Porque Dios es bueno y recto en su misma esencia, se inclina a enseñar el camino a los pecadores; su instrucción brota de su carácter, no de los méritos del que la recibe.

Contexto. El Salmo 25 es una oración acróstica de David, compuesta en medio de la angustia, los enemigos y la conciencia de su propio pecado. Es un salmo de confianza y súplica en el que el rey, lejos de apoyarse en su justicia, clama por dirección, perdón y enseñanza. Dirigido originalmente a Israel como pueblo del pacto, instruye a toda la comunidad creyente sobre cómo acercarse a un Dios fiel a su alianza. En este versículo, David pasa de la petición a la contemplación del carácter divino que fundamenta toda su esperanza.

Explicación. La frase «Bueno y recto es Jehová» une dos atributos: su bondad (su benevolencia que se derrama) y su rectitud (su justicia inmutable). El nexo «por tanto» es decisivo: la enseñanza de Dios fluye de quién es Él. Notablemente, los destinatarios son «los pecadores», no los virtuosos. Desde la perspectiva reformada, esto revela la gracia soberana: Dios no espera mérito previo, sino que toma la iniciativa de instruir a los indignos. El verbo «enseñará» (hebreo yarah, raíz de torah) implica señalar el camino con autoridad pactual. Aquí late la doctrina de la gracia preveniente y eficaz: el pecador no se enseña a sí mismo; es el Señor santo quien condesciende a guiarlo «en el camino», anticipando la obra de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

Referencias relacionadas. Salmos 32:8 («Te haré entender, y te enseñaré el camino»); Mateo 9:13 («No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»); 1 Timoteo 1:15; Salmos 86:5; Juan 14:6; Isaías 55:7-8, donde la bondad de Dios fundamenta su invitación al impío.

Aplicación práctica. Este versículo derriba el orgullo religioso y consuela al creyente abatido por su pecado. No nos acercamos a Dios alegando méritos, sino confiando en su bondad y rectitud. Quien se sabe pecador halla aquí esperanza: el mismo Dios santo se compromete a enseñarle. Esto nos llama a la humildad, a la oración dependiente y a la lectura atenta de su Palabra, pues allí Dios cumple su promesa de instruir. La santidad divina no nos aleja; en Cristo, se vuelve la fuente misma de nuestra dirección y perdón.

Para reflexionar. ¿Busco la dirección de Dios apoyándome en mis méritos, o me acerco como pecador que confía únicamente en la bondad y rectitud del Señor?

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