Significado. El rostro del Señor se vuelve contra los que hacen el mal para extirpar su memoria de la tierra; su justicia no es indiferencia, sino acción soberana y deliberada.

Contexto. El Salmo 34 es atribuido a David, compuesto tras fingir locura ante Abimelec (Aquis) para escapar de Gat, según el encabezado. Es un salmo acróstico de alabanza y sabiduría, dirigido a la congregación del pueblo del pacto. David enseña a los humildes y temerosos de Dios a confiar en aquel que libra a sus santos, contrastando la suerte del justo con la del impío. El versículo 16 forma un par antitético con el versículo 15: mientras los ojos del Señor miran al justo, su rostro se opone al malvado.

Explicación. La expresión «el rostro del Señor» (en hebreo, paním) denota la presencia personal y activa de Dios. Aquí ese rostro se dispone «contra» los que obran maldad, lenguaje que indica oposición judicial firme. La meta declarada, «raer de la tierra su memoria», señala el juicio total sobre el impío impenitente. Desde la perspectiva reformada, esto manifiesta la santidad y soberanía de Dios, que gobierna los destinos según su justa voluntad. No se trata de un capricho, sino del decreto santo del Juez de toda la tierra, que hará siempre lo recto (Génesis 18:25). El versículo presupone la distinción entre el justo, hecho tal por gracia, y el malvado que persiste en su rebeldía.

Referencias relacionadas. El contraste con el versículo 15 recuerda el Salmo 1, donde el camino de los impíos perece. Proverbios 10:7 afirma que «la memoria del justo será bendita, mas el nombre de los impíos se pudrirá». El apóstol Pedro cita este mismo salmo en 1 Pedro 3:12, aplicándolo a la vida santa del creyente. La cruz de Cristo (Romanos 3:25-26) muestra cómo Dios es a la vez justo y justificador, descargando su ira sobre el sustituto en favor de los suyos.

Aplicación práctica. Este versículo consuela al creyente afligido por la aparente prosperidad de los perversos: el juicio de Dios es cierto, aunque demore. A la vez, advierte solemnemente contra la práctica del mal. El cristiano, justificado en Cristo, no enfrenta ese rostro de ira, sino el rostro resplandeciente de gracia (Números 6:25). Que esto nos mueva a la gratitud, al temor reverente y a la santidad, sabiendo que pertenecemos a quien nos libró del juicio.

Para reflexionar. ¿Descanso en que Cristo absorbió por mí la ira que este versículo anuncia, viviendo en gratitud, o presumo de una gracia que nunca he abrazado de verdad?

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