Significado. Los poderosos de la tierra pertenecen a Dios, porque Él es el Rey supremo que reina sobre todos los pueblos y es ensalzado en gran manera.

Contexto. El Salmo 47 forma parte de los llamados «salmos de entronización», atribuidos a los hijos de Coré, levitas encargados del canto en el culto del templo. Compuesto probablemente para una celebración litúrgica de Israel, proclama el reinado universal del Señor sobre todas las naciones. Sus destinatarios inmediatos fueron los adoradores reunidos en Jerusalén, invitados a aclamar a Dios; pero su horizonte profético abarca a todos los pueblos de la tierra.

Explicación. El versículo declara que «los príncipes de los pueblos se reúnen como pueblo del Dios de Abraham, porque de Dios son los escudos de la tierra; Él es muy exaltado». La expresión «los escudos de la tierra» designa a los gobernantes y poderosos, los protectores de las naciones, que aquí se reconocen como propiedad del Señor soberano. Desde la perspectiva reformada, este versículo afirma con fuerza la soberanía absoluta de Dios sobre la historia y sobre todo poder humano: ningún trono escapa a su dominio (Daniel 4:35). Es notable que los gentiles se congreguen como «pueblo del Dios de Abraham», anticipo del cumplimiento pactual de la promesa hecha al patriarca de bendecir en él a todas las familias de la tierra. El reino que se anuncia no es fruto del esfuerzo del hombre, sino don de la gracia que reúne a las naciones bajo el cetro del único Rey.

Referencias relacionadas. La promesa a Abraham resuena en Génesis 12:3 y 22:18, y su cumplimiento se ve en Gálatas 3:8-9. El reinado universal de Dios aparece en Salmos 22:27-28 y 72:11. La reunión de los pueblos bajo Cristo halla eco en Apocalipsis 11:15 y en Filipenses 2:9-11, donde toda rodilla se doblará ante el Señor exaltado.

Aplicación práctica. Frente a los poderes que parecen dominar nuestro tiempo, el creyente descansa en que «los escudos de la tierra» pertenecen a Dios. Esto libera del temor a los gobernantes y de la idolatría del poder político, e impulsa a la oración por las naciones y al celo misionero. Si el propósito divino es reunir a los pueblos en torno a su Rey, la Iglesia es llamada a anunciar el evangelio con confianza, sabiendo que Cristo está sentado sobre su trono y atrae a sí a todos los suyos.

Para reflexionar. ¿Vivo realmente bajo la convicción de que todo poder, incluso el que me intimida, está sujeto al Rey exaltado que reúne a las naciones para su gloria?

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