Significado. El que confía en sus riquezas parte con las manos vacías: nada de su gloria terrenal lo acompaña al sepulcro, pues solo lo eterno permanece.

Contexto. El Salmo 49 es un salmo didáctico atribuido a los hijos de Coré, cantores del santuario. Pertenece al género sapiencial y aborda el enigma que inquieta al creyente: la aparente prosperidad de los impíos. El salmista convoca a todos los pueblos, ricos y pobres por igual (vv. 1-2), y enseña que la confianza en la abundancia material es vana ante la realidad ineludible de la muerte. El versículo 17 ofrece el consejo que disuelve la envidia del justo frente al opulento.

Explicación. «No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa», dice el versículo previo; el v. 17 da la razón: «porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria». El término hebreo para «gloria» (kabod) evoca peso, honor y esplendor visible; sin embargo, ese peso no tiene gravedad eterna. La lectura reformada subraya aquí la soberanía de Dios sobre la vida y la muerte: ninguna acumulación humana puede comprar el rescate del alma (v. 7-8), pues solo Dios redime (v. 15). La riqueza no es pecado en sí, mas la confianza puesta en ella suplanta la confianza debida al Creador, y revela un corazón que no ha sido renovado por la gracia soberana.

Referencias relacionadas. Job 1:21 confiesa que desnudos venimos y desnudos volvemos. Eclesiastés 5:15 repite el mismo principio. El Señor Jesús lo lleva a su plenitud en la parábola del rico insensato (Lucas 12:20-21), advirtiendo contra quien atesora para sí y no es rico para con Dios. Pablo lo confirma en 1 Timoteo 6:7 y exhorta a poner la esperanza en Dios y no en las riquezas inciertas (1 Timoteo 6:17-19).

Aplicación práctica. En una cultura que mide el valor de la persona por su patrimonio, este versículo nos llama a invertir nuestra confianza en lo que no perece. El creyente reformado, sabiendo que su salvación es obra enteramente de la gracia, administra los bienes como mayordomo y no como dueño. No envidiemos al próspero impío ni temamos la propia escasez; busquemos primero el reino de Dios, sabiendo que nuestra herencia está guardada en los cielos, incorruptible.

Para reflexionar. Si hoy se me pidiera dejar todo lo que poseo, ¿qué riqueza me quedaría delante de Dios?

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad