Significado. A Él clamé con mi boca, y exaltado fue con mi lengua: la oración del creyente nace de la necesidad y desemboca en la alabanza, porque Dios mismo es quien obra el clamor y la respuesta.

Contexto. El Salmo 66 es un canto de acción de gracias incluido en el segundo libro del Salterio, atribuido tradicionalmente a la colección davídica y usado en la adoración congregacional de Israel. Comienza convocando a toda la tierra a alabar a Dios por sus obras portentosas en la historia de la redención (el mar dividido, el paso del Jordán), y luego, en los versículos 13-20, la voz pasa del «nosotros» de la comunidad al «yo» del adorador individual que viene al templo a cumplir sus votos. El versículo 17 forma parte de ese testimonio personal: el salmista relata cómo, en su angustia, levantó su voz al Señor.

Explicación. El verbo «clamé» traduce el hebreo «qará», un grito dirigido «a Él», con énfasis enfático en el objeto: no a ídolos ni a recursos humanos, sino al Dios del pacto. La expresión «exaltado fue con mi lengua» (o «alabanza había bajo mi lengua») muestra que el clamor y la exaltación brotan del mismo corazón: el creyente pide y, aun antes de recibir, ya tiene la alabanza preparada bajo la lengua. Desde la perspectiva reformada, esto manifiesta la gracia preveniente: la oración no es mérito que arranca favores de un Dios reticente, sino el fruto del Espíritu que enseña a los hijos a clamar «Abba». La soberanía divina no anula la súplica; la fundamenta, pues quien ordena el fin ordena también los medios, y la oración es el medio señalado para recibir lo que Dios soberanamente ha decretado conceder.

Referencias relacionadas. El paralelo más cercano es Salmos 34:6, «Este pobre clamó, y le oyó Jehová». Romanos 8:26 enseña que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad cuando no sabemos pedir. Hebreos 5:7 muestra a Cristo, el Orante perfecto, ofreciendo ruegos con gran clamor. Y Filipenses 4:6 une la petición y la acción de gracias, tal como aquí el clamor y la alabanza se entrelazan.

Aplicación práctica. El versículo invita a una vida de oración honesta y expectante. Cuando la prueba aprieta, el creyente no debe acudir primero a la queja ni a soluciones meramente humanas, sino clamar «a Él». Y debe hacerlo con la alabanza ya dispuesta bajo la lengua, confiando en que el Dios que escucha es el mismo que despierta el ruego. Ora, pues, como quien sabe que su Padre celestial gobierna todas las cosas para el bien de los suyos.

Para reflexionar. ¿Cuando clamas a Dios en tu necesidad, llevas también la alabanza preparada bajo tu lengua, confiando en que Él ya obra para tu bien?

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