Significado. El creyente acosado por aguas de aflicción no se resigna ni se ahoga en desesperación, sino que clama al Dios soberano que reina sobre el abismo y guarda la vida de los suyos.

Contexto. El Salmo 69 es un lamento individual atribuido a David, una de las oraciones más citadas por el Nuevo Testamento. David se halla rodeado de enemigos sin causa, despreciado aun por su parentela, consumido por el celo de la casa de Dios. En los versículos 14-15 retoma la imagen del agua profunda con que abrió el salmo (v. 1-2): el lodo del cieno, la corriente, el abismo. Israel, destinatario primero de este cántico, aprendía así a orar en medio de la persecución, confiando en el Dios del pacto.

Explicación. El versículo encadena tres peticiones intensas: que la corriente de las aguas no le anegue, que el abismo no le trague, que el pozo no cierre sobre él su boca. El «abismo» evoca el caos primordial y el «pozo» (la fosa, el Seol) representa la muerte misma. David no domina estas fuerzas; reconoce que solo Dios, que separó las aguas en la creación y abrió el mar Rojo, puede contenerlas. Aquí se manifiesta la teología reformada de la soberanía divina: ni el caos ni la muerte escapan al decreto del Señor. El verbo de súplica supone que la liberación es enteramente gracia, no mérito. Y leído cristocéntricamente, este salmo halla su cumplimiento en Cristo, sobre quien cayeron de veras las aguas del juicio (Sal 69:9 citado en Jn 2:17; v. 21 en la cruz), descendiendo a la fosa para que los suyos jamás fuesen tragados por ella.

Referencias relacionadas. Salmos 42:7 («un abismo llama a otro»); Salmos 18:16 («me sacó de las muchas aguas»); Jonás 2:3-6, donde el profeta clama desde el seno del Seol; Mateo 27:34 y Juan 19:28, que aplican este salmo al Salvador; y Romanos 8:38-39, que asegura que nada nos separará del amor de Dios.

Aplicación práctica. Habrá temporadas en que la prueba parezca una marea que sube sin freno: enfermedad, calumnia, pérdida. La oración del creyente no niega la hondura del agua, sino que la lleva ante el trono. Como David, podemos ser sinceros sobre nuestro temor y, a la vez, confiar en que el Dios que sostiene todas las cosas no permitirá que el pozo cierre su boca sobre los que son de Cristo. La perseverancia de los santos descansa, no en nuestra fuerza para nadar, sino en su fidelidad para guardar.

Para reflexionar. ¿Estás llevando tus aguas profundas al Dios soberano en oración, o intentando salir de ellas por tus propias fuerzas?

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