Significado. El siervo que sufre suplica que su angustia no llegue a ser tropiezo para el pueblo de Dios, pues su honra y la del Señor están entrelazadas. La fe individual nunca es un asunto privado: cuando un creyente cae, otros pueden desfallecer con él.

Contexto. El Salmo 69 se atribuye a David y pertenece a los salmos de lamento más citados en el Nuevo Testamento. David, hundido «en cieno profundo», soporta oprobio por causa de su celo por la casa de Dios. Sus destinatarios originales fueron los adoradores de Israel, pero la voz del salmo trasciende a David y anticipa al Mesías sufriente, como leerían después la iglesia apostólica.

Explicación. El versículo dice: «No sean avergonzados por causa mía los que en ti esperan, oh Señor Jehová de los ejércitos; no sean confundidos por mí los que te buscan, oh Dios de Israel». Los términos «esperan» y «buscan» describen a los verdaderos hijos del pacto, definidos no por su mérito sino por su confianza en Dios. El temor del salmista es pastoral: que su caída desanime a los débiles. Aquí brilla la perspectiva reformada: la perseverancia de los santos no descansa en la fuerza humana, sino en el «Jehová de los ejércitos», el Dios soberano cuya fidelidad sostiene a los suyos. David apela al nombre del pacto, sabiendo que la honra de Dios garantiza que quienes esperan en Él jamás serán definitivamente confundidos.

Referencias relacionadas. El celo que devora al salmista (v. 9) se cumple en Cristo purificando el templo (Juan 2:17), y su versículo 21 se cita en la crucifixión (Mateo 27:34). La promesa de que los que esperan en Dios no serán avergonzados resuena en Isaías 49:23, Romanos 9:33 y 10:11. Compárese con el Salmo 25:3 y con la garantía de Romanos 8:31-39.

Aplicación práctica. Nuestra vida está visiblemente ligada a otros creyentes; vivamos con la conciencia de que nuestra integridad puede fortalecer o herir la fe de los hermanos. Cuando suframos oprobio por causa del evangelio, oremos como David: que Dios guarde su propio nombre y proteja a los frágiles. Y descansemos en que la salvación de los que buscan al Señor no depende de la constancia de ningún hombre, sino de la gracia que Dios prometió mantener.

Para reflexionar. ¿Vive usted consciente de que su fidelidad o su caída puede animar o desalentar a quienes esperan en el mismo Dios?

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