Significado. El versículo es una doxología que estalla en alabanza al «Dios de Israel», proclamando que solo Él es el autor de toda maravilla. La gloria no pertenece al rey, sino al Señor soberano que reina por encima de todo trono.

Contexto. El Salmo 72 lleva el título «de Salomón» y pertenece a la colección que cierra el segundo libro del Salterio. Es una oración real que pide bendición, justicia y dominio universal para el rey ungido en Israel. Los destinatarios originales eran el pueblo del pacto, que confiaba en la promesa davídica; pero el versículo 18 y los siguientes forman la conclusión doxológica que cierra ese segundo libro, dirigiendo toda esperanza hacia Dios mismo.

Explicación. La palabra «Bendito» (en hebreo, baruk) no añade nada a Dios, sino que reconoce con gratitud lo que Él ya es y hace. El nombre divino aparece doble: «Jehová Dios, el Dios de Israel», subrayando el carácter pactual de esta alabanza: el Dios que se ata libremente a un pueblo por pura gracia electiva. La expresión «el único que hace maravillas» (niflaot) afirma la soberanía absoluta: las obras portentosas, desde la creación hasta la redención, proceden de Él solo y no de instrumento humano alguno. Desde la perspectiva reformada, esto desmonta toda gloria propia del monarca: aun el rey ideal del salmo es siervo, no fuente. La lectura cristocéntrica ve aquí la sombra de Cristo, el Rey verdadero cuyo reinado de justicia cumple lo que ningún hijo de David logró plenamente, mientras la gloria retorna íntegra al Padre.

Referencias relacionadas. La fórmula doxológica resuena en el Salmo 41:13, que cierra el primer libro, y anticipa el Salmo 106:48. «El único que hace maravillas» enlaza con Éxodo 15:11 y Salmos 86:10. El reinado universal del versículo 8 halla cumplimiento en Filipenses 2:9-11 y Apocalipsis 11:15, donde toda rodilla se dobla ante Cristo.

Aplicación práctica. En una cultura que exalta el logro personal y el liderazgo carismático, este versículo nos enseña a redirigir toda admiración hacia su verdadero dueño. Cuando vemos bendición en la familia, la iglesia o el trabajo, la respuesta fiel no es el orgullo sino la doxología: «Bendito sea el Señor». Reconocer que solo Dios hace maravillas libera al creyente de la ansiedad del control y lo asienta en la confianza de que el Soberano gobierna cada detalle para su gloria y nuestro bien.

Para reflexionar. ¿Hacia quién dirijo realmente la gloria cuando contemplo las cosas buenas de mi vida: hacia mí mismo y mis esfuerzos, o hacia el único que hace maravillas?

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