Significado. Este versículo proclama el corazón de la gracia divina: aunque su pueblo merecía juicio, Dios, siendo misericordioso, perdonó la iniquidad y contuvo su ira. La salvación brota no del mérito humano, sino de la libre compasión del Dios soberano.

Contexto. El Salmo 78 es un salmo histórico atribuido a Asaf, cantor levita del tiempo de David. Compuesto como instrucción («masquil») para Israel, recorre la historia del pueblo desde el éxodo hasta la elección de David, contrastando la persistente rebeldía de las tribus con la fidelidad inquebrantable del Señor. El versículo 38 marca un giro luminoso en medio del relato de provocaciones reiteradas en el desierto, recordando a las generaciones venideras por qué la nación aún existía.

Explicación. El texto encadena verbos que revelan la naturaleza de Dios: «misericordioso» (del hebreo «rajum», ternura entrañable), «perdonaba la maldad» y «no los destruía». Asaf añade que muchas veces Dios «apartó su ira» y «no despertó todo su enojo». Desde una lectura reformada, esto no presenta a un Dios voluble, sino su santa paciencia ejercida según su pacto: la ira es real y justa, pero contenida soberanamente por su propósito redentor. El perdón aquí prefigura una expiación que el salmo no explica, pero que apunta más allá de sí mismo. Dios no ignora el pecado; lo retiene su gracia electiva hasta que halle satisfacción plena en el Mediador.

Referencias relacionadas. Éxodo 34:6-7 declara el mismo carácter divino, «misericordioso y clemente, lento para la ira». Salmos 103:8-10 amplía que Dios «no nos ha pagado conforme a nuestros pecados». Nehemías 9:17 recuerda esta paciencia en la confesión nacional. Y Romanos 3:25-26 desvela cómo Dios pudo perdonar justamente: en Cristo, propiciación que vindica su justicia mientras justifica al impío.

Aplicación práctica. Cuando contemplamos nuestra propia reincidencia en el pecado, este versículo nos guarda de dos extremos: la desesperación, que olvida la misericordia, y la presunción, que abusa de ella. La paciencia de Dios no es indiferencia, sino una puerta abierta al arrepentimiento (Romanos 2:4). Vivamos, pues, con gratitud humilde, sabiendo que cada día de vida es fruto de una ira contenida y de una gracia que halló su descanso en la cruz.

Para reflexionar. Si Dios «apartó su ira muchas veces» de un pueblo rebelde, ¿qué deberá despertar en mi corazón la certeza de que esa misma paciencia me ha sostenido hasta hoy?

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