Significado. Cuando los enemigos de Dios braman y alzan la cabeza, no atacan primero a su pueblo, sino al Dios soberano que reina sobre todas las naciones. El tumulto de los impíos no escapa al gobierno providencial del Altísimo.

Contexto. El Salmo 83 es atribuido a Asaf, levita y director del culto en tiempos de David, cuyos descendientes compusieron varios salmos. Se trata de una oración comunitaria ante una coalición de naciones vecinas (Edom, Moab, Amón, Asiria y otras) que conspiran para borrar a Israel de entre los pueblos. Los destinatarios son el pueblo del pacto, amenazado, que clama a Dios para que no calle ni permanezca quieto frente a la conjura.

Explicación. El versículo declara: «He aquí que rugen tus enemigos, y los que te aborrecen alzan la cabeza». El verbo «rugen» evoca el clamor agitado y arrogante de una multitud hostil. Es decisivo que Asaf no los llame «nuestros enemigos», sino «tus enemigos»: la enemistad última de los hombres no es contra Israel como nación, sino contra el Dios vivo que lo eligió por pura gracia. «Alzar la cabeza» retrata la soberbia que se rebela contra el Señorío divino. Desde la perspectiva reformada, esto manifiesta la enemistad innata del corazón caído contra Dios (la depravación radical), y a la vez confirma que ningún designio de los impíos prospera fuera de la soberanía del que se ríe de los reyes que se confabulan.

Referencias relacionadas. El Salmo 2:1-4 describe el mismo furor de las naciones contra el Señor y su Ungido, mientras el que mora en los cielos se ríe. Hechos 4:25-27 aplica ese rugido a la oposición contra Cristo. Romanos 8:7 explica que la mente carnal es enemistad contra Dios, y Génesis 3:15 anuncia la enemistad puesta entre la serpiente y la simiente.

Aplicación práctica. El creyente que sufre hostilidad por causa de su fe debe recordar que el odio del mundo apunta finalmente a Cristo y a su Padre. Esto libera del afán de venganza y nos invita a entregar la causa al Juez justo, orando como Asaf en vez de tomar las armas de la carne. La oposición no es señal de abandono divino, sino ocasión para confiar en el Dios que gobierna a los que braman.

Para reflexionar. ¿Cuándo he confundido la oposición a mi fe con un ataque personal, olvidando que la verdadera enemistad de los impíos es contra el Dios soberano que me sostiene?

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