Significado. Dios mismo retira el ardor de su justa ira porque ha provisto el medio de aplacarla; la paz del pecador no nace de su mérito, sino de la libre y soberana voluntad de Dios de reconciliar.

Contexto. El Salmo 85 es atribuido a los hijos de Coré, levitas dedicados al servicio del canto en el templo. Probablemente fue compuesto tras el retorno del exilio babilónico, cuando el pueblo, restaurado a la tierra pero aún bajo aflicción, recuerda los favores pasados de Dios para suplicar una restauración plena. El versículo 3 pertenece a la primera sección (vv. 1-3), donde la congregación confiesa con gratitud lo que el Señor ya obró: perdonó la iniquidad y cubrió el pecado de su pueblo.

Explicación. El texto dice: «Apaciguaste todo tu enojo; te apartaste del ardor de tu ira». El verbo hebreo evoca el recoger o retirar una furia encendida, como quien aparta el fuego antes de que consuma. Nótese que el sujeto es enteramente Dios: no se dice que el pueblo aplacó la ira, sino que Dios la apaciguó. Aquí late la doctrina reformada de la gracia soberana: la reconciliación procede del Dios que es a la vez Juez justo y Salvador misericordioso. Su ira no es capricho, sino la reacción santa contra el pecado; y su apaciguamiento no es debilidad, sino la obra de su propia provisión. Los reformadores vieron en este lenguaje la sombra de la propiciación, cumplida en Cristo, en quien la ira contra el pecado fue satisfecha sin que la justicia divina quedara comprometida.

Referencias relacionadas. El perdón que cubre el pecado se canta en Salmos 32:1 y 103:8-12. La ira apaciguada por provisión divina halla su plenitud en Romanos 3:25 y 1 Juan 2:2, donde Cristo es la propiciación. Compárese también Isaías 53:5, donde el castigo de nuestra paz recayó sobre el Siervo, y Romanos 5:9, que asegura la salvación de la ira por la sangre del Mediador.

Aplicación práctica. El creyente que conoce la magnitud de su pecado puede descansar no en la intensidad de su arrepentimiento, sino en la suficiencia de Aquel que ya apaciguó la ira en la cruz. Esto produce humildad y firme seguridad: si Dios apartó el ardor de su enojo en Cristo, ninguna acusación puede ya condenarnos. Tal certeza debe movernos a la gratitud, a la santidad y a la confianza serena en medio de la prueba.

Para reflexionar. ¿Busco la paz con Dios en mis propios esfuerzos por aplacarlo, o descanso en que Él mismo, en Cristo, ya apartó por completo el ardor de su ira?

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