Estatuillas de dioses domésticos y que no representaban una deidad particular. Eran de diferentes tamaños (Gn. 31:19, 30, 34; 1 S. 19:13), y es probable que fueran considerados como amuletos de buena suerte; se les hacían preguntas (Ez. 21:26; Zac. 10:2). El nombre está en plural, pero tiene en ocasiones el significado de un singular (1 S. 19:13).

Los babilonios tenían terafines (Ez. 21:26). Raquel se llevó los de Labán (Gn. 31:19, 34) sin saberlo Jacob (Gn. 31:32). Después de la matanza de Siquem, el patriarca hizo eliminar todos los dioses extraños que tenían los miembros de su clan, y los enterró (Gn. 35:2-4). En la época de los Jueces, un hombre llamado Micaía poseía un santuario privado con sacerdote, efod, terafín (Jue. 17:5) y también ídolos de metal (Jue. 17:4; 18:14). Unos hombres de la tribu de Dan los tomaron para su propio uso (Jue. 17:20). Samuel asimiló el culto a los terafines con la hechicería (1 S. 15:23). Mical, esposa de David, parece que lo practicaba (1 S. 19:1). También lo practicaban los israelitas del reino del norte (Os. 3:4). El rey Josías destruyó los terafines y los otros ídolos (2 R. 23:24). Después del exilio, había israelitas que aún consultaban a los terafines (Zac. 10:2). (Véase IDOLATRÍA.)


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