La vanidad de la vida bajo el sol se evidencia no sólo en la experiencia del predicador mismo, sino en la perspectiva más amplia que ha podido adoptar. Ahora nos da algunos de los resultados de ese aprendizaje en cuyo proceso no había encontrado satisfacción personal. Y primero habla con mayor detalle de ese mecanismo del universo al que se había referido al comienzo de su discurso.

En todas partes hay una rutina incesante. Aunque a menudo hemos leído algunas partes de su descripción como si fueran palabras de sabiduría, no hay duda de que su incesante reiteración de las palabras, "Un tiempo ... un tiempo ... un tiempo", tiene la intención de indicar su sentido de la monotonía de las cosas, más que de su variedad. A través de todas las experiencias los hombres tienen que pasar porque les llega el momento de hacerlo.

La doctrina de Dios que se deduce de tal concepción del universo es la de un Ser absolutamente inexorable y del que no hay escapatoria. Él es Aquel que ha puesto la eternidad en el corazón del hombre, es decir, ha creado allí anhelos profundos y apasionados, y sin embargo no le ha dado al hombre la capacidad de encontrar lo que busca; y, además, no hay escapatoria de este orden inexorable. El problema de todo esto es más confusión que orden. En lugar del juicio y de la justicia existe la maldad; y la conclusión es que, después de todo, el hombre no es mejor que las bestias.

Debe recordarse que todo esto es absolutamente cierto en el caso de hombres que no tienen comercio con Dios por revelación. Descubrirlo en el universo y reconocerlo no es estar en paz con Él; sino más bien estar lleno del sentido de la vanidad de todas las cosas y de la imposibilidad de escapar.