Este capítulo registra los acontecimientos notables que se produjeron alrededor de la entrada de nuestro Señor al templo. Por medio de una parábola, reveló el terrible pecado y el fracaso de la nación hebrea, que culminó en su propio rechazo, mostrando, además, que ese pecado debe resultar en última instancia en la ruptura en pedazos del pueblo pecador.

Los conflictos finales entre los gobernantes y Jesús constituyen la más triste revelación de la depravación del corazón humano. La enseñanza de Jesús los había llevado a un rincón del que no había escapatoria. Le habrían impuesto las manos de inmediato si no hubieran temido al pueblo. Así que enviaron espías para tratar de apoderarse de Su discurso. Aquí, como en todos los casos, el pecado del hombre sólo sirve como un trasfondo oscuro para poner de relieve la gloria del Salvador.

Todos los intentos de los gobernantes fueron inútiles. Respondió con infinita sabiduría y tremenda fuerza todas las sutilezas que plantearon, y luego pronunció a oídos de todo el pueblo la solemne advertencia y la mordaz denuncia de los escribas. Estas respuestas Suyas no fueron las agudas réplicas de la inteligencia, sino las declaraciones finales de una sabiduría que reveló la ignorancia de las preguntas.

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