Significado. El salmista expone el corazón del impío que desprecia a Dios porque presume que jamás rendirá cuentas; pero la pregunta «¿por qué?» encierra la certeza de que el Juez soberano sí demandará todo.

Contexto. El Salmo 10 pertenece al primer libro del Salterio y, junto con el Salmo 9, forma una unidad acróstica atribuida a la tradición davídica. David clama desde una situación de opresión social: los poderosos persiguen al humilde y al pobre, y aparentan prosperar mientras Dios parece «estar lejos». Los destinatarios son los creyentes afligidos del pueblo del pacto, que luchan por reconciliar la maldad triunfante con la justicia del Dios de Israel.

Explicación. El verbo «desprecia» (en hebreo, ni'ets) describe un menosprecio activo y blasfemo hacia Dios. La raíz del problema no es intelectual sino moral y espiritual: el impío «ha dicho en su corazón» que Dios «no demandará». Aquí el corazón, asiento de los afectos y la voluntad caída, revela la corrupción total que la teología reformada confiesa: el hombre natural niega prácticamente la providencia y el juicio divinos. Sin embargo, el salmista convierte la blasfemia del malvado en una pregunta retórica que afirma lo contrario: precisamente porque Dios es soberano, sí demandará. La aparente demora del juicio no es ausencia, sino la paciencia del Dios que reina sobre todo.

Referencias relacionadas. El Salmo 14:1 retrata al necio que dice en su corazón «no hay Dios». El Salmo 73 desarrolla el mismo enigma de la prosperidad del impío resuelto en el santuario. Romanos 1:21 describe el corazón entenebrecido que no glorifica a Dios, y Romanos 2:5-6 anuncia que Él «pagará a cada uno conforme a sus obras». Hebreos 4:13 declara que todo está «desnudo y abierto» ante aquel a quien daremos cuenta.

Aplicación práctica. Cuando veamos a los soberbios prosperar y a los humildes pisoteados, no concluyamos que Dios ha olvidado. Su silencio no es indiferencia, sino misericordia que da tiempo al arrepentimiento. El creyente reformado descansa en la soberanía de quien gobierna la historia y juzgará con perfecta justicia. Examinemos también nuestro propio corazón: ¿vivimos como si Dios «no demandara», o caminamos en santo temor ante el Señor que todo lo ve?

Para reflexionar. ¿En qué áreas de mi vida actúo en secreto como si Dios no fuera a pedirme cuentas, y cómo cambiaría mi conducta si creyera de veras que Él demandará todo?

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