Significado. La tierra que se abrió para tragar a Datán y Abiram proclama que el Dios soberano no tolera la rebelión contra el orden que Él mismo ha establecido. Su juicio es tan real como su misericordia.

Contexto. El Salmo 106 es un salmo histórico, atribuido a la comunidad de Israel y recogido entre los himnos de confesión. Su autor canta la larga historia de las infidelidades del pueblo desde Egipto hasta el destierro, contrastándolas con la fidelidad pactual de Yahvé. Los destinatarios son los israelitas, llamados a reconocer que, pese a su rebeldía repetida, Dios los redimió por amor a su pacto. El versículo 17 recuerda el episodio de Números 16, cuando Coré, Datán y Abiram desafiaron la autoridad mediadora de Moisés y Aarón.

Explicación. «Se abrió la tierra y tragó a Datán, y cubrió la compañía de Abiram». El verbo hebreo evoca una acción directa y deliberada de Dios sobre la creación: la tierra obedece a su Hacedor para ejecutar sentencia. Desde una lectura reformada, este juicio no es arbitrario, sino expresión de la santidad divina que defiende el oficio mediador que Él mismo instituyó. La rebelión de Datán y Abiram no fue contra hombres, sino contra el Dios que ordenó el sacerdocio como sombra del único Mediador. La soberanía de Dios se manifiesta tanto en la elección de Moisés como en la reprobación de los rebeldes; ambos polos revelan que la gracia es enteramente suya.

Referencias relacionadas. El relato base está en Números 16:31-33. Judas 11 advierte contra «la contradicción de Coré», aplicándola a los falsos maestros. Hebreos 5:4 enseña que nadie toma para sí el honor del sacerdocio sino aquel a quien Dios llama, culminando en Cristo. Romanos 9:18 declara la libertad soberana de Dios para tener misericordia o endurecer.

Aplicación práctica. El creyente de hoy es llamado a someterse con humildad al orden que Dios ha dispuesto en su Iglesia y a no envidiar los dones ni el llamado de otros. La murmuración y la ambición de oficios no nuestros son semillas de la misma rebelión que abrió la tierra. Descansemos en que Cristo es nuestro Mediador suficiente, y sirvamos en el lugar que la providencia nos asignó, sabiendo que toda autoridad legítima procede de Dios.

Para reflexionar. ¿Recibo con gratitud el lugar y el llamado que Dios me ha dado, o, como Datán y Abiram, codicio en secreto un oficio que Él no ha puesto en mis manos?

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