Significado. «Pecamos como nuestros padres»: la confesión que reconoce no solo faltas individuales, sino una herencia de rebeldía que solo la gracia soberana puede sanar.

Contexto. El Salmo 106 cierra el cuarto libro del Salterio y forma pareja con el Salmo 105. Mientras aquel celebra la fidelidad de Dios en la historia, este recita la infidelidad reiterada de Israel desde Egipto hasta el destierro. Su autor, inspirado por el Espíritu, habla en nombre del pueblo del pacto, probablemente en o cerca del exilio, cuando la nación necesitaba volver a Dios. El versículo 6 abre la larga confesión nacional que da forma al cuerpo del salmo.

Explicación. El verbo «pecamos» (en hebreo, jata) se acumula con «cometimos iniquidad» y «obramos impíamente», un triple martilleo que abarca el errar del blanco, la perversión deliberada y la rebeldía obstinada. Nótese el pronombre: no «ellos», sino «nosotros», y el vínculo «como nuestros padres». La teología reformada lee aquí la solidaridad del pueblo en el pecado, eco de la corrupción heredada de Adán (la culpa imputada y la naturaleza caída). El salmista no excusa al presente apelando al pasado; al contrario, confiesa que la misma raíz de incredulidad fluye por las generaciones. Solo la elección y la misericordia de Dios, no el mérito de Israel, sostienen al pueblo.

Referencias relacionadas. La confesión resuena en Daniel 9:5 («hemos pecado, hemos cometido iniquidad») y en Nehemías 9:16-17, donde se reconoce la dureza del corazón de los padres. Pablo recoge esta universalidad en Romanos 3:23 («todos pecaron») y la enraíza en Adán en Romanos 5:12. Frente a tal deuda, Cristo se presenta como el verdadero Israel obediente (Hebreos 4:15), cuya justicia se imputa a los suyos.

Aplicación práctica. La iglesia contemporánea hace bien en confesar el pecado no solo en singular, sino corporativamente, reconociendo cómo patrones de incredulidad pasan de una generación a otra. Esta humildad no conduce a la desesperación, sino al Evangelio: si nuestra esperanza dependiera de superar la herencia de los padres, estaríamos perdidos; pero descansa en la gracia que elige, perdona y guarda. Confesar con sinceridad es ya señal de que Dios obra en nosotros.

Para reflexionar. ¿Reconozco mi pecado como una deuda real que solo la gracia soberana de Dios en Cristo puede cancelar, o sigo buscando excusas en las circunstancias o en los demás?

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