Significado. El redimido por Jehová no guarda silencio: responde a la gracia liberadora con sacrificios de alabanza y con el relato gozoso de las obras de Dios. La salvación recibida desemboca, necesariamente, en adoración agradecida.

Contexto. El Salmo 107 abre el quinto libro del Salterio y es un himno de acción de gracias, probablemente postexílico, dirigido a Israel reunido tras la dispersión. El salmista convoca a los «redimidos de Jehová» (v. 2) y presenta cuatro cuadros de hombres en situación desesperada —desierto, prisión, enfermedad, tempestad— que claman a Dios y son librados. El versículo 22 cierra el tercer cuadro: el de los enfermos que, a causa de su rebeldía, se acercaron a las puertas de la muerte y fueron sanados por la palabra de Dios (vv. 17-20).

Explicación. «Ofrezcan sacrificios de alabanza, y publiquen sus obras con júbilo» une dos respuestas inseparables. Los «sacrificios de alabanza» (en hebreo, sacrificios de toda) eran ofrendas de acción de gracias prescritas en Levítico 7:12-15, expresión cúltica de un corazón rescatado. Para la lectura reformada, el orden es decisivo: primero Dios redime soberanamente —«envió su palabra y los sanó» (v. 20)—, y solo entonces el hombre responde adorando. La alabanza no merece la gracia ni la provoca; es su fruto. El verbo «publiquen» señala que la gratitud genuina es confesional y pública: el redimido proclama lo que Dios hizo, no lo que él logró. Así, el versículo despliega la lógica del pacto, donde la iniciativa salvadora es de Dios y la respuesta agradecida del creyente glorifica al Dador.

Referencias relacionadas. El sacrificio de acción de gracias se ordena en Levítico 7:11-15 y Salmos 50:14, 23. La idea de que toda alabanza brota de la redención previa resuena en Hebreos 13:15, donde «sacrificio de alabanza» es ya ofrenda «por medio de él», es decir, de Cristo, cumplimiento de todo sacrificio. La sanidad por la palabra apunta a Juan 11:43-44 y al evangelio mismo (Romanos 1:16), poder de Dios para salvación.

Aplicación práctica. El cristiano que ha experimentado la liberación de Dios no puede quedarse callado ni encerrar su gratitud en lo privado. La adoración dominical, el testimonio entre hermanos y la confesión pública de las obras del Señor son la respuesta debida a quien nos rescató del «sepulcro» del pecado. Cuando la enfermedad, la angustia o la disciplina nos acerquen a la muerte, recordemos que la salida no está en nosotros, sino en el Dios que envía su palabra; y cuando nos libre, devolvámosle el júbilo agradecido que merece.

Para reflexionar. ¿De qué liberación reciente del Señor en tu vida deberías estar «publicando con júbilo» y, sin embargo, has guardado en silencio?

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