Significado. Dios, que gobierna el viento y el mar, transforma la tempestad en calma con una sola palabra de su voluntad soberana. Aquí el Señor no negocia con el caos: lo somete.

Contexto. El Salmo 107 abre el quinto libro del Salterio y es un cántico de acción de gracias de los redimidos, probablemente compuesto tras el retorno del exilio. El salmista presenta cuatro cuadros de hombres en aprieto —errantes en el desierto, prisioneros, enfermos y navegantes— a quienes Dios libra cuando claman a Él. Los versículos 23-32 retratan a los que «descienden al mar en naves» y son sorprendidos por una tormenta que los hace tambalear como ebrios. El destinatario es la congregación del pacto, llamada a confesar el «misericordia» (jésed) del Señor.

Explicación. El verbo traducido «hace cesar» (heb. qum en sentido causativo, «levantar» o «aquietar») presenta a Dios deteniendo la tormenta que Él mismo había desatado en el v. 25. No es un dios sometido a las fuerzas de la naturaleza, sino el Señor que las gobierna desde la eternidad. El paso del «torbellino» al «silencio» (demamá, la misma quietud de 1 Reyes 19:12) revela que la providencia divina abarca tanto el juicio como la liberación. La teología reformada ve aquí la soberanía absoluta del Creador: no hay azar ni segunda causa autónoma; el mar ruge y calla según el decreto de Aquel que «hace según su voluntad» (Daniel 4:35).

Referencias relacionadas. El eco más resonante está en Marcos 4:39, donde Jesús «reprendió al viento» y dijo al mar «Calla, enmudece», haciendo lo que solo Yahvé hace en este salmo. Compárese con Salmos 65:7; 89:9 y Jonás 1:15. La quietud apacible recuerda 1 Reyes 19:12, y la confesión de gratitud se enlaza con Salmos 107:31.

Aplicación práctica. En las tormentas personales —pérdidas, enfermedad, ansiedad— el creyente no domina el oleaje, pero conoce a Quien lo aquieta. La fe reformada no promete ausencia de tempestades, sino la presencia soberana del Señor en medio de ellas. Clamemos a Él como los navegantes del salmo, confiando en que su palabra basta para traer reposo; y cuando llegue la calma, no la atribuyamos al azar, sino démosle gracias por su jésed.

Para reflexionar. ¿Busco que Dios elimine mis tormentas según mi agenda, o aprendo a descansar en su soberanía sabiendo que tanto la borrasca como la calma sirven a sus propósitos de gracia?

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