Significado. El salmista convoca a la tierra entera a temblar ante la presencia del Señor, porque toda la creación reconoce a su Soberano. Donde Dios se manifiesta, la criatura no puede sino estremecerse y adorar.

Contexto. El Salmo 114 pertenece al llamado «Hallel egipcio» (Salmos 113-118), cantado por Israel en la Pascua. Aunque su autor humano permanece anónimo, fue compuesto bajo la inspiración del Espíritu para celebrar el éxodo: la salida de Egipto, el paso del mar Rojo y del Jordán, y el cuidado pactual de Dios con su pueblo redimido. Sus destinatarios originales eran los israelitas que recordaban cómo Jehová los había sacado de la casa de servidumbre para hacerlos «su santuario» y «su dominio».

Explicación. El versículo dice: «A la presencia del Señor tiembla la tierra, a la presencia del Dios de Jacob». El verbo «temblar» (en hebreo, jul) evoca el estremecimiento de la creación ante su Hacedor; los montes, los mares y la tierra entera responden a su voz. Nótese el título «Dios de Jacob»: no un poder abstracto, sino el Dios del pacto, fiel a sus promesas a los patriarcas. La perspectiva reformada subraya aquí la soberanía absoluta del Creador sobre toda la naturaleza, y a la vez su condescendencia pactual: el mismo Señor ante quien tiembla el cosmos se ha ligado a un pueblo por gracia. La creación obedece sin resistencia; tanto más debería el corazón humano inclinarse ante quien sostiene todas las cosas por la palabra de su poder.

Referencias relacionadas. El temblor de la tierra ante Dios resuena en el Sinaí (Éxodo 19:18) y en Salmos 97:5, donde los montes se derriten como cera. Habacuc 3:6 contempla al Señor que hace temblar las naciones. El «Dios de Jacob» como refugio aparece en Salmos 46:7. Y Hebreos 12:26-29 anuncia que aún una vez Dios conmoverá cielo y tierra, dejando solo el reino inconmovible que recibimos en Cristo.

Aplicación práctica. Si la creación irracional tiembla ante la presencia de Dios, ¡cuánto más debemos los redimidos acercarnos a Él con reverencia y temor santo! Vivimos en una época que ha domesticado lo sagrado; este versículo nos llama a recobrar el asombro. Reconocer que el universo entero está sujeto a la voluntad soberana del «Dios de Jacob» trae consuelo: nada escapa a su gobierno, ni nuestras pruebas ni nuestras esperanzas. Adoremos, pues, no con ligereza, sino con la gravedad gozosa de quien sabe ante Quién está.

Para reflexionar. Si los montes y los mares se estremecen ante la presencia del Señor, ¿qué revela mi falta de asombro acerca de cuán pequeño he hecho a Dios en mi corazón?

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