Significado. Dios mismo se compromete a destruir toda lengua jactanciosa y todo labio adulador, porque el orgullo y la mentira son una afrenta directa contra su soberanía.

Contexto. El Salmo 12 es un salmo de David, dirigido «al músico principal, sobre Seminit». Fue escrito en un tiempo de crisis espiritual y social, cuando el creyente fiel parecía desaparecer de la tierra y la palabra falsa se había vuelto moneda corriente. David clama porque el «piadoso» ya no se halla, mientras los hombres se hablan con labios lisonjeros y corazón doble. El versículo 3 forma parte de la respuesta confiada del salmista ante esa hostilidad verbal.

Explicación. La expresión «todo labio lisonjero» (en hebreo, labios de suavidades) describe el habla seductora que halaga para manipular, y «la lengua que habla con jactancia» señala al que se atribuye grandeza, diciendo en su soberbia: «con nuestra lengua prevaleceremos». El deseo de David, «Jehová destruirá todos los labios lisonjeros», no es venganza personal, sino sometimiento de la justicia a la mano de Dios. Aquí brilla la soberanía divina: el juicio no depende del oprimido, sino del Señor que reina sobre toda palabra humana. La teología reformada ve en esto la pureza del Dios veraz frente a la corrupción total del corazón caído, del cual procede toda mentira (Jeremías 17:9). El pecado de la lengua revela la raíz: criaturas que pretenden bastarse a sí mismas, negando su dependencia del Creador.

Referencias relacionadas. El contraste se ilumina al recordar que Cristo es el Verbo verdadero, «en cuya boca no se halló engaño» (1 Pedro 2:22; Isaías 53:9). Santiago 3:5-6 advierte sobre el fuego de la lengua, y Proverbios 26:28 expone la ruina del labio lisonjero. El Salmo 5:9 y Romanos 3:13 confirman que la garganta del impío es sepulcro abierto, mostrando la unidad pactual de la Escritura.

Aplicación práctica. En una cultura saturada de discurso vacío, propaganda y autoexaltación, el creyente reformado halla descanso al confiar el juicio a Dios y no a su propia defensa. Esto nos exhorta a guardar nuestros labios de la adulación interesada y de la jactancia, y a buscar que nuestra palabra sea sí, sí, y no, no, reflejando al Salvador. La gracia que nos justifica también santifica la lengua, recordándonos que daremos cuenta de toda palabra ociosa.

Para reflexionar. ¿Confías en que el Dios soberano hará justicia a su tiempo, o intentas vencer a tus adversarios con tus propias palabras astutas?

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