Significado. El temor del Señor es limpio y sus juicios son verdaderos y justos por entero, porque proceden de un Dios cuya santidad y rectitud no admiten sombra alguna.

Contexto. El Salmo 19 es un himno de David que se divide en dos grandes movimientos: la revelación de Dios en la creación (vv. 1-6) y la revelación de Dios en su Palabra (vv. 7-11). En este segundo movimiento, David acumula seis títulos para la ley divina —ley, testimonio, mandamientos, precepto, temor y juicios— y a cada uno le adjunta un atributo y un beneficio. El versículo 9 corona esa lista, dirigiéndose al pueblo del pacto que vivía bajo la Torá entregada en el Sinaí y que aguardaba al Mesías prometido.

Explicación. La expresión «el temor del Señor» no designa aquí una emoción humana, sino la propia revelación de Dios que produce reverencia; es «limpio», es decir, puro, sin mezcla de corrupción, y por ello «permanece para siempre», participando de la eternidad de su Autor. «Los juicios del Señor son verdaderos» señala su conformidad infalible con la realidad, y «todos justos» afirma su rectitud absoluta. Desde la perspectiva reformada, estos atributos de la Palabra reflejan al Dios soberano que la pronuncia: su ley no es arbitraria, sino expresión de su carácter inmutable (Confesión de Westminster, I). La Escritura, eficaz por el Espíritu, conduce al pecador a Cristo, en quien la ley se cumple cabalmente.

Referencias relacionadas. El temor reverente como principio de sabiduría aparece en Proverbios 1:7 y 9:10. La permanencia eterna de la Palabra se proclama en Isaías 40:8 y 1 Pedro 1:25. La justicia de los juicios divinos resuena en Apocalipsis 16:7 y Romanos 7:12, donde Pablo declara que «la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno».

Aplicación práctica. Si la Palabra de Dios es limpia, verdadera y permanente, debemos acercarnos a ella con humildad y confianza, sometiendo nuestros pensamientos y afectos a su autoridad y no al revés. En una cultura que tiene por relativa toda verdad, el creyente halla en las Escrituras un fundamento que no caduca. Cultivar el temor del Señor —reverencia gozosa, no servil— purifica el corazón y nos guarda del pecado mientras esperamos la consumación en Cristo.

Para reflexionar. ¿Trato la Palabra de Dios como una norma eterna y justa que gobierna mi vida, o la someto al juicio cambiante de mis propias preferencias?

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