Significado. El justo perseguido se ve rodeado por enemigos cuya furia se describe como la de fieras hambrientas; sin embargo, esta imagen de desamparo prefigura el sufrimiento del Mesías, cuyo clamor el Padre soberano nunca despreció.

Contexto. El Salmo 22 pertenece al salterio davídico, atribuido a David, y se sitúa entre los grandes salmos mesiánicos. Su autor, en medio de una aflicción extrema, describe burlas, abandono y amenaza de muerte. Dirigido al pueblo del pacto en su culto, el salmo articula la experiencia del siervo sufriente y, por inspiración del Espíritu, anticipa con asombrosa precisión la pasión de Cristo, como el Nuevo Testamento confirma.

Explicación. El versículo dice: «Abrieron sobre mí su boca, como león rapaz y rugiente». La imagen del «león» (en hebreo, fiera que despedaza) acentúa la voracidad y violencia de los adversarios; «abrieron su boca» evoca tanto la burla cruel como el apetito devorador. Desde la perspectiva reformada, este desamparo aparente no escapa al decreto soberano de Dios: el justo padece dentro de un propósito eterno. La angustia del salmista, llevada a su plenitud en el Calvario, no es accidente, sino el camino ordenado por el Padre para la redención de su pueblo según las riquezas de su gracia.

Referencias relacionadas. El rugir leonino reaparece en 1 Pedro 5:8, donde el diablo «como león rugiente» busca devorar. Salmos 22:21 pide ser librado «de la boca del león». Job 16:9-10 y Salmos 35:21 describen bocas abiertas contra el justo. La consumación mesiánica se ve en Mateo 27:39-43 y en el grito de Salmos 22:1 citado por Cristo (Mateo 27:46).

Aplicación práctica. El creyente que se halla cercado por la hostilidad, la calumnia o la persecución no debe interpretar el silencio aparente de Dios como abandono real. Cristo, el verdadero justo, pasó por este valle y fue oído; unidos a Él, nuestros clamores ascienden al trono de la gracia. Llevemos, pues, nuestras aflicciones al Padre soberano, confiando en que ningún sufrimiento del elegido carece de propósito redentor.

Para reflexionar. ¿Confío en que, aun cuando me rodean «leones», el Dios soberano que no despreció el clamor de su Hijo tampoco desoirá el mío?

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