Significado. El reino pertenece al Señor, y Él gobierna soberanamente sobre todas las naciones. La salvación que brota del sufrimiento del Justo desemboca en el reconocimiento universal del señorío de Dios.

Contexto. El Salmo 22 es un salmo davídico de lamento que se transforma en alabanza. Comienza con el clamor de abandono que el Señor Jesús hizo suyo en la cruz («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?») y avanza desde el sufrimiento extremo del versículo 1 hasta la proclamación gozosa del reino divino. David, perseguido y angustiado, escribe bajo inspiración palabras que trascienden su propia experiencia y anuncian proféticamente la pasión y el triunfo del Mesías. El versículo 28 forma parte de la sección final, donde el lamento ya ha dado paso a la certeza de que la liberación del Ungido tendrá alcance cósmico, alcanzando a los confines de la tierra y a generaciones venideras.

Explicación. El texto afirma: «porque de Jehová es el reino, y él señorea sobre las naciones». El término hebreo para «reino» (melukáh) designa no un territorio limitado, sino el derecho real de gobernar; el dominio pertenece a Dios por naturaleza, no por concesión humana. El verbo «señorea» (mashál) subraya un gobierno activo y presente, no meramente futuro. Desde una lectura reformada, este versículo declara la soberanía absoluta de Dios sobre toda la creación y sobre cada nación, gentiles incluidos. No es un reino que Dios deba conquistar como si le faltara poder, sino uno que ya posee y administra según su decreto eterno. Lo notable es que esta universalidad del reino se presenta como fruto de la obra del Siervo sufriente: la cruz no es derrota, sino el medio por el cual el Padre extiende el dominio de Cristo «hasta los confines de la tierra».

Referencias relacionadas. Esta verdad resuena en Salmos 47:8 («reinó Dios sobre las naciones») y en Salmos 96:10. El Nuevo Testamento la corona: el Cristo del Salmo 22 recibe «toda potestad en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18) y su nombre es sobre todo nombre, para que toda lengua confiese que es Señor (Filipenses 2:9-11). Daniel 7:14 anuncia un dominio eterno, y Apocalipsis 11:15 celebra que los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo.

Aplicación práctica. En un mundo agitado por convulsiones políticas, guerras y aparente caos, el creyente descansa en que ningún gobernante reina sin permiso del Rey de reyes. Esto produce humildad ante la providencia y valentía en la misión: si de Dios es el reino, la evangelización de las naciones no es una empresa incierta, sino la expansión segura de un dominio ya establecido. Adore al Señor sabiendo que su trono no tiembla, y sirva confiando en que el Cristo crucificado y resucitado reina hoy.

Para reflexionar. Si confieso de corazón que «de Jehová es el reino», ¿vivo realmente sometido a su señorío en las áreas de mi vida donde aún pretendo reinar yo mismo?

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