Significado. Dios es a la vez el origen de todo poder y la fuente de toda misericordia; por eso recompensa a cada uno conforme a su obra, sin que su soberanía anule su gracia.

Contexto. El Salmo 62 es atribuido a David y, según su encabezado, fue confiado a Jedutún, uno de los directores del canto en el culto de Israel. David escribe en medio de adversarios que conspiran contra él (versículos 4-5), tal vez durante una de las rebeliones de su reinado. El salmo es una meditación de confianza: el alma del rey reposa solo en Dios como roca, salvación y refugio. El versículo 13 (versículo 12 en otras numeraciones) corona el poema con una afirmación doctrinal dirigida tanto a David como a todo el pueblo del pacto.

Explicación. El versículo declara que «de Dios es la misericordia», es decir, que el «hesed», el amor leal del pacto, le pertenece esencialmente a Él y de Él procede toda gracia hacia los suyos. A la vez afirma que Dios «paga a cada uno conforme a su obra». Lejos de contradecir la gracia, esta retribución la presupone: el Señor soberano juzga con perfecta justicia y, en su misericordia, otorga en Cristo las mismas obras que después recompensa. La teología reformada distingue aquí el doble decreto de un Dios que es justo Juez y a la vez Padre misericordioso. El poder («una vez habló Dios, dos veces he oído esto», versículo 12) y la misericordia no compiten: ambos son atributos del único Soberano cuyo consejo se cumple infaliblemente.

Referencias relacionadas. El Nuevo Testamento recoge esta misma verdad: Pablo cita el principio en Romanos 2:6 y el Señor lo confirma en Mateo 16:27 y Apocalipsis 22:12. La gratuidad de la misericordia resplandece en Efesios 2:8-10, donde la salvación es por gracia y, sin embargo, somos creados para buenas obras. Lamentaciones 3:22-23 celebra que las misericordias de Jehová nunca decaen.

Aplicación práctica. El creyente puede descansar como David: ni los enemigos ni la inestabilidad de la vida tienen la última palabra, pues Dios es roca y refugio. Saber que Él recompensa según la obra nos guarda de la pereza espiritual; saber que la misericordia es suya nos guarda del orgullo. Obramos por gratitud, no para ganar lo que Cristo ya compró. En las pruebas, esta confianza nos invita a esperar en Dios en silencio (versículo 1), sabiendo que su justicia y su gracia obran a favor de los suyos.

Para reflexionar. ¿Descansa tu corazón en la misericordia soberana de Dios, o todavía intentas asegurar tu salvación con tus propias obras?

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