Significado. El salmista convoca a todas las naciones a bendecir a Dios y a proclamar en alto su alabanza, porque el Dios que redime a su pueblo es digno del culto universal. La voz de la gratulación nunca debe enmudecer.

Contexto. El Salmo 66 pertenece al Salterio, libro de oraciones inspiradas de Israel; su título lo atribuye al director del coro, y la tradición lo asocia al ámbito davídico. Es un himno de acción de gracias que comienza con un llamado a toda la tierra (vv. 1-7), recuerda la liberación del pueblo a través del mar y el desierto, y desemboca, desde el v. 8, en un cántico congregacional dirigido a los pueblos, antes de tornarse en testimonio personal (vv. 13-20). Sus destinatarios primeros eran los adoradores reunidos en el santuario.

Explicación. El verbo «bendecir» (en hebreo, barák) no significa que la criatura añada algo a Dios, sino que reconoce y celebra lo que él es; bendecimos a Dios respondiendo con gratitud a su bondad soberana. La expresión «pueblos» abre el horizonte más allá de Israel: el Dios del pacto no es una deidad tribal, sino el Rey de toda la creación. Desde la perspectiva reformada, este universalismo del culto anticipa la reunión de elegidos «de todo linaje y lengua». Que la alabanza «se oiga» subraya que la adoración auténtica es activa, audible, pública; brota no del mérito humano sino de la gracia que sostiene la vida del adorador. Hacer «que se oiga» implica que el creyente es instrumento de la voz de Dios en el mundo.

Referencias relacionadas. El llamado a los pueblos resuena en el Salmo 67:3-5 y en el Salmo 117:1, citado por Pablo en Romanos 15:11 como prueba de que las naciones glorificarían a Dios. La adoración audible y unánime halla su consumación en Apocalipsis 5:9-13, donde toda criatura bendice al Cordero. Compárese también con Salmos 100:1-2 y Filipenses 2:10-11.

Aplicación práctica. Nuestra alabanza no puede ser muda ni privada en exceso; el creyente está llamado a que su gratitud «se oiga» en la familia, la iglesia y la plaza pública. Frente a la tentación de un cristianismo silencioso, este versículo nos urge a una adoración confesante y misionera, que invite a otros pueblos a unirse al coro. La soberanía de Dios sobre las naciones nos da confianza para evangelizar: él recogerá a los suyos.

Para reflexionar. ¿De qué manera concreta puede mi vida hacer «que se oiga» hoy la alabanza de Dios entre quienes aún no le conocen?

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