Significado. Es Dios quien «mantiene con vida nuestra alma» y guarda nuestros pies de resbalar; la perseverancia del creyente es, ante todo, una obra preservadora del Dios soberano.

Contexto. El Salmo 66 es un himno comunitario de acción de gracias, atribuido en su encabezado al director del coro y conservado en el Salterio de Israel. Llama a «toda la tierra» a alabar a Dios por sus obras portentosas, recordando el éxodo y el paso por las aguas. En los versículos 8 al 12 la congregación invita a las naciones a bendecir a Dios, y el versículo 9 ofrece la razón concreta de esa alabanza: Dios ha preservado la vida del pueblo en medio de pruebas severas, conduciéndolo finalmente a la abundancia.

Explicación. El texto dice que Dios «es quien preserva la vida a nuestra alma» y «no permitió que nuestros pies resbalaran». El verbo apunta a una acción continua y eficaz: Dios no solo dio la vida, sino que la sostiene activamente. La imagen del pie que no resbala evoca al peregrino sobre un sendero traicionero, sostenido por una mano ajena a la suya. Desde una lectura reformada, aquí late la doctrina de la preservación de los santos: lo que comienza la gracia, la gracia lo guarda hasta el fin. La fe del creyente es real, pero no es ella la que se sostiene a sí misma; es Dios quien afirma el pie. Así se honra la soberanía divina sin anular la responsabilidad humana de caminar.

Referencias relacionadas. Resuena en el Salmo 121:3, «no dará tu pie al resbaladero»; en el Salmo 37:23-24, donde el justo cae mas no queda postrado porque Jehová lo sostiene; en Juan 10:28-29, donde nadie arrebata las ovejas de la mano del Padre; y en Filipenses 1:6, que asegura que el que comenzó la buena obra la perfeccionará.

Aplicación práctica. En medio de la enfermedad, el duelo o la tentación, el creyente no descansa en la firmeza de su propio agarre, sino en la fidelidad de quien lo sostiene. Esta verdad produce humildad, pues toda perseverancia es don; y produce valentía, pues el camino, aunque resbaladizo, está vigilado por Aquel que no se duerme. Conviene transformar cada día preservado en un motivo concreto de gratitud comunitaria.

Para reflexionar. ¿Atribuyo mi permanencia en la fe a mi propia constancia, o reconozco que cada paso firme es fruto de la mano de Dios que me sostiene?

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