Significado. Cuando el rostro de Dios parece ocultarse, el creyente no apela a sus méritos sino a la fidelidad pactual del Señor: «no escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado; apresúrate a oírme».

Contexto. El Salmo 69 lleva el título «de David» y pertenece al género de las lamentaciones individuales. David escribe desde una aflicción profunda, rodeado de enemigos que lo odian sin causa (v. 4) y abrumado por el oprobio que cae sobre él precisamente por su celo por la casa de Dios (v. 9). Los destinatarios originales fueron los adoradores de Israel, que en este salmo encontraron palabras para sus propias angustias; pero la iglesia lo ha leído siempre como un salmo intensamente mesiánico, pues el Nuevo Testamento lo aplica a Cristo más que a casi ningún otro.

Explicación. El versículo articula tres peticiones que revelan la teología del orante. Primero, «no escondas tu rostro»: en el lenguaje hebreo, el rostro de Dios representa su favor, su presencia y su comunión; esconderlo es señal de juicio o de prueba. El santo no exige que Dios cambie su naturaleza, sino que manifieste la gracia que ya ha prometido. Segundo, la base de la súplica no es la dignidad del orante sino su miseria: «porque estoy angustiado». La oración reformada se funda no en la suficiencia humana, sino en la necesidad de la criatura y la suficiencia del Dios soberano. Tercero, «apresúrate» (en hebreo, una urgencia que no es impaciencia, sino confianza) reconoce que los tiempos están en las manos del Señor, quien ordena cada aflicción para sus fines redentores.

Referencias relacionadas. El versículo siguiente, «acércate a mi alma, redímela» (v. 18), une la presencia de Dios con la redención, anticipando al Redentor. El rostro escondido reaparece en el Salmo 13:1 y en Isaías 54:8. La imagen pactual del rostro brillando en favor se halla en Números 6:25-26. Y Cristo, el verdadero David, oró desde esta misma angustia en Getsemaní y en la cruz (Hebreos 5:7), cumpliendo el salmo (Juan 2:17; 15:25; Romanos 15:3) para que jamás el rostro del Padre se esconda definitivamente de los que están en Él (2 Corintios 4:6).

Aplicación práctica. Habrá temporadas en que el cristiano sienta que el cielo calla y que el favor divino se ha retirado. La fe no niega ese sentir, pero tampoco se apoya en él: clama a Dios precisamente desde la angustia, sabiendo que la oscuridad presente no anula la promesa. Lleva tu necesidad sin maquillarla, confiando en que Aquel que no escondió su rostro de su Hijo amado en la cruz nunca lo esconderá para siempre de quienes son suyos.

Para reflexionar. ¿Buscas en tu angustia el rostro de Dios mismo, o solo el alivio de tus circunstancias?

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