Significado. El Señor no permanece indiferente ante el clamor de los suyos: «oye a los menesterosos» y no desprecia a los que, atados por su causa, parecen olvidados por el mundo. Su atención soberana es la garantía de toda esperanza.

Contexto. El Salmo 69 es un lamento davídico, atribuido a David, marcado por el sufrimiento del justo perseguido por amor al nombre de Dios. Israel, el pueblo del pacto, recibe en este cántico el lenguaje de la aflicción y de la confianza. Tras describir sus angustias y su celo por la casa de Dios, el salmista, en los versículos finales, transita del gemido a la alabanza, anticipando proféticamente al Mesías que cargaría el oprobio ajeno.

Explicación. «Porque Jehová oye a los menesterosos, y no menosprecia a sus prisioneros.» El término menesterosos describe a los pobres y desamparados, aquellos que no tienen otro recurso sino Dios mismo. La doctrina reformada subraya que tal pobreza espiritual es precisamente la condición de los elegidos: vasos vacíos que la gracia soberana llena. «No menosprecia a sus prisioneros» señala a los que sufren cautiverio por fidelidad; Dios los reconoce como suyos (sus prisioneros), afirmando su propiedad pactual sobre ellos. El verbo oír denota una atención eficaz, no meramente pasiva: el Dios soberano escucha para actuar conforme a su propósito redentor.

Referencias relacionadas. El versículo resuena con el cántico de Ana (1 Samuel 2:8) y con Salmos 102:17, donde Dios atiende la oración del desvalido. Cristo cumple este salmo: «el celo de tu casa me consume» (Salmos 69:9; Juan 2:17), y el vinagre del versículo 21 (Mateo 27:34). Pablo proclama que Dios escogió a los pobres y débiles para avergonzar a los fuertes (1 Corintios 1:27-28), y Lucas 4:18 anuncia libertad a los cautivos.

Aplicación práctica. En medio de la prueba, el creyente reformado descansa no en sus fuerzas ni en su mérito, sino en que el Dios soberano lo ha contado entre sus prisioneros, suyos por la elección y la sangre del Pacto. Cuando el mundo desprecia, Dios no menosprecia. Esta verdad sostiene al perseguido, consuela al olvidado y llama a la Iglesia a no avergonzarse de los humildes, sino a ver en ellos a los amados del Señor.

Para reflexionar. ¿Reconozco mi pobreza espiritual como el lugar donde la gracia soberana de Dios se manifiesta, confiando en que Él me oye no por mi dignidad, sino porque soy suyo?

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