Significado. La justicia de Dios se alza hasta lo más alto de los cielos, porque Él ha hecho grandezas; no hay nadie semejante a Aquel cuya santidad y gracia llenan toda la creación.

Contexto. El Salmo 71 es la oración de un creyente anciano, atribuido por la tradición a David en sus últimos años o a un siervo de Dios que mira hacia atrás en una larga vida de fidelidad. Rodeado de enemigos y consciente de su debilidad, el salmista no se vuelve a sí mismo, sino que apela a la fidelidad pactual del Señor que lo sostuvo desde el vientre materno. El versículo 19 es la cumbre doxológica del salmo: tras suplicar auxilio, el orante prorrumpe en alabanza por la incomparable grandeza de Dios.

Explicación. «Tu justicia, oh Dios, llega hasta lo excelso» (RVR) describe una justicia que no es meramente jurídica, sino la rectitud salvífica de Dios, que cumple sus promesas y vindica a los suyos. El término hebreo «tsedaqah» une justicia y salvación: Dios es justo precisamente al rescatar a su pueblo. La expresión «hasta lo excelso» (literalmente, «hasta lo alto») afirma la trascendencia divina, que sobrepasa todo límite creado. La pregunta «¿quién como tú?» no espera respuesta: proclama la incomparabilidad de Dios, su aseidad y soberanía. Desde la perspectiva reformada, las «grandezas» que Dios ha hecho hallan su cumplimiento supremo en Cristo, en quien la justicia de Dios se manifestó plenamente (Romanos 3:21-26), satisfaciendo la ley y justificando al pecador por sola gracia.

Referencias relacionadas. La incomparabilidad de Dios resuena en Éxodo 15:11 («¿Quién como tú, oh Jehová?») y en Miqueas 7:18. La justicia que alcanza los cielos se canta en Salmos 36:5-6 y 57:10. Las «grandezas» de Dios evocan el Magníficat (Lucas 1:49), y la justicia revelada culmina en la cruz, donde Dios es «justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Romanos 3:26).

Aplicación práctica. Cuando la vida nos confronta con nuestra fragilidad y enemigos visibles o invisibles nos acosan, el creyente reformado no descansa en su mérito, sino en la justicia perfecta de Cristo imputada a él. Recordar las «grandezas» que Dios ya ha obrado, sobre todo en la redención, alimenta una confianza serena en medio de la prueba. La alabanza no es huida de la realidad, sino el ejercicio de fe que reconoce que Aquel que comenzó la buena obra la perfeccionará.

Para reflexionar. ¿Qué «grandezas» de Dios en tu propia historia puedes recordar hoy para que, en lugar de mirar tus temores, eleves tu mirada a la incomparable justicia y fidelidad de tu Salvador?

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