Significado. Aun en medio de angustias profundas y amargas, el creyente confiesa que es el mismo Dios soberano quien las permite y quien promete restaurar la vida, levantando desde el abismo a los suyos.

Contexto. El Salmo 71 es la oración de un creyente anciano, atribuido tradicionalmente a David en su vejez, que ha caminado con Dios desde su juventud (vv. 5-6, 9, 18). Rodeado de enemigos que lo consideran abandonado por Dios, el salmista no se desespera, sino que apela a la fidelidad pactual del Señor. El versículo 20 pertenece a la sección final, donde la súplica se transforma en confianza y alabanza anticipada, dirigida tanto a Dios como a la generación venidera a la cual desea testificar de su poder.

Explicación. El salmista declara: «me has hecho ver muchas angustias y males». El verbo reconoce que las tribulaciones no son accidentes ni escapan al gobierno divino; vienen de la mano providente del Señor, quien obra todas las cosas según el consejo de su voluntad. Aquí brilla la soberanía de Dios incluso sobre el sufrimiento del justo. Pero la confesión no termina en lamento: «volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra». La imagen del descenso a las profundidades y la subida posterior anticipa el lenguaje de muerte y resurrección. El verbo «dar vida» (revivir) apunta a una restauración que solo Dios puede obrar, fundamento de la esperanza reformada en la resurrección. La gracia que sostiene al santo hasta el fin es la misma que lo resucitará.

Referencias relacionadas. El descenso y ascenso evocan a Jonás 2:6 y prefiguran la resurrección de Cristo, primicias de los que durmieron (1 Corintios 15:20). Compárese con el Salmo 30:3 y con Deuteronomio 32:39, donde el Señor afirma: «yo hago morir y yo hago vivir». Romanos 8:28 confirma que aun los males cooperan para bien de los llamados conforme al propósito de Dios.

Aplicación práctica. El creyente que atraviesa pruebas amargas puede recibirlas de la mano de un Padre soberano y bueno, no de un destino ciego. Cuando la fe se ve sepultada bajo el peso de la aflicción, este versículo nos enseña a esperar la obra restauradora de Dios, que nunca abandona a los que confían en Él. Nuestra esperanza última no es el alivio temporal, sino la vida que Cristo resucitado garantiza a su pueblo.

Para reflexionar. ¿Reconoces en tus angustias presentes la mano soberana de un Dios que también promete levantarte de los abismos para su gloria?

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