Significado. Aun cuando la fe del creyente vacila, la mano de Dios no lo suelta: «con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha». La perseverancia del santo descansa en el asimiento soberano del Señor, no en la firmeza del hombre.

Contexto. El Salmo 73 abre el tercer libro del Salterio y se atribuye a Asaf, levita y director del culto en tiempos de David. Es un salmo sapiencial que confiesa una crisis de fe: el salmista casi tropieza al ver la prosperidad de los impíos (vv. 2-3) mientras él, justo, sufría. El versículo 23 marca el giro decisivo: tras entrar en el santuario y comprender el fin de los malvados (v. 17), Asaf vuelve los ojos del enigma de la providencia hacia la comunión segura con Dios. Habla a todo el pueblo del pacto tentado a envidiar al mundo.

Explicación. La expresión «con todo» (en hebreo, waw adversativo) contrasta la insensatez recién confesada del salmista (vv. 21-22, donde se llama «ignorante» y «como una bestia») con la fidelidad inquebrantable de Dios. Lo asombroso es que la permanencia no se atribuye al fiel, sino al Señor: «me tomaste de la mano derecha». El verbo describe un acto firme y deliberado de Dios. Aquí late la doctrina reformada de la gracia preservante: el creyente no se sostiene a sí mismo, sino que es sostenido. Incluso en su torpeza espiritual, el elegido nunca dejó de estar «contigo», porque el pacto de gracia se apoya en la elección y el poder divinos, no en la constancia humana.

Referencias relacionadas. Isaías 41:13 repite la imagen: «yo Jehová tu Dios, que te sostiene de tu mano derecha». Juan 10:28-29 la lleva a su plenitud: las ovejas de Cristo no perecerán jamás, pues nadie las arrebatará de la mano del Padre. Romanos 8:38-39 declara que nada nos separará del amor de Dios, y Filipenses 1:6 confía en que el que comenzó la buena obra la perfeccionará. Salmos 37 desarrolla el mismo contraste entre el impío y el justo sostenido.

Aplicación práctica. Cuando la prosperidad de los injustos o el peso del sufrimiento amenacen tu fe, no busques la seguridad en tus propias fuerzas ni en tu fervor, que son inestables. Recuerda que tu salvación está en la mano de Aquel que te tomó. Entra al «santuario», es decir, vuelve a la adoración y a la Palabra, donde recobras la perspectiva eterna. La certeza del cristiano reposa en el agarre fiel de Dios, que no afloja ni en nuestras horas más oscuras.

Para reflexionar. ¿Buscas tu seguridad en la firmeza de tu propia fe, o descansas en la mano soberana que te sostiene incluso cuando flaqueas?

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