Significado. Dios obró maravillas a la vista de los padres en Egipto, y ese recuerdo se convierte en testimonio perpetuo de su poder soberano y de su fidelidad al pacto.

Contexto. El Salmo 78 es un «masquil» atribuido a Asaf, cantor levita del tiempo de David. Es un salmo didáctico e histórico, dirigido a las generaciones de Israel para que no olvidaran las obras de Dios ni repitieran la incredulidad de sus antepasados. El versículo 12 inaugura el relato de los prodigios del éxodo, situándolos «en el campo de Zoán», región del delta egipcio asociada a la corte del faraón, escenario de las plagas y de la liberación.

Explicación. El verbo «hizo maravillas» (en hebreo, «pelé») denota actos que sobrepasan toda capacidad humana y que solo Dios puede realizar. Asaf no presenta estos prodigios como fábulas, sino como hechos verificados «a la vista de sus padres», anclando la fe en la historia real. Para la teología reformada, esto subraya que la salvación es enteramente obra de la libre iniciativa divina: el pueblo no se redimió a sí mismo, sino que Dios desplegó su brazo soberano. La mención de Zoán y de «la tierra de Egipto» recuerda que la gracia irrumpe precisamente en el lugar de la esclavitud, anticipando el patrón de toda redención: Dios busca y libera a quienes nada podían hacer por sí mismos.

Referencias relacionadas. El texto evoca Éxodo 7-14, donde se narran las plagas y el paso del mar. Resuena con Salmos 105 y 106, que también recapitulan la historia redentora, y con Deuteronomio 6:20-25, que ordena transmitir estas obras a los hijos. En clave cristocéntrica, el éxodo prefigura la redención mayor lograda por Cristo, el verdadero Cordero pascual (1 Corintios 5:7; Lucas 9:31, donde su muerte se llama «éxodo»).

Aplicación práctica. Como aquellos padres, la iglesia está llamada a recordar y narrar las obras de Dios, no como mero pasado, sino como fundamento presente de la fe. En tiempos de prueba, mirar atrás a lo que el Señor ya hizo —supremamente en la cruz y la resurrección— sostiene la confianza. Padres y maestros tienen el deber pactual de contar a la próxima generación estas «maravillas», para que la memoria de la gracia engendre adoración y obediencia.

Para reflexionar. ¿Estás transmitiendo a quienes te rodean el testimonio concreto de las obras redentoras de Dios, o corres el riesgo de que esas maravillas se olviden en tu generación?

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