Significado. Dios sació plenamente el deseo de su pueblo, mostrando que aun nuestros antojos son satisfechos por una mano soberana que da más de lo que merecemos.

Contexto. El Salmo 78 es un masquil atribuido a Asaf, cantor levita del tiempo de David. Es un salmo didáctico que recorre la historia de Israel para enseñar a las generaciones futuras a no olvidar las obras de Dios ni endurecer su corazón como los padres en el desierto. Los destinatarios son las nuevas generaciones del pueblo del pacto, llamadas a aprender de la rebelión y de la paciencia divina. Este versículo se sitúa en el relato del maná y de las codornices, cuando Israel exigió carne con incredulidad y Dios respondió dándola en abundancia, aunque junto con su juicio.

Explicación. El texto dice que «comieron y se saciaron en gran manera, pues les dio lo que pidieron». El verbo hebreo para «saciar» (saba) indica una hartura completa, sin escasez. La expresión «les dio lo que pidieron» (literalmente «su deseo», ta'avatam) tiene aquí un matiz solemne: Dios concedió el antojo de un corazón incrédulo. Desde la teología reformada, esto manifiesta dos verdades a la vez: la abundante providencia del Dios soberano, que sostiene a su pueblo aun en su pecado, y la severidad de conceder lo pedido cuando se pide mal. La gracia común que provee alimento no debe confundirse con la aprobación divina del corazón que murmura. El siguiente versículo lo aclara: la ira de Dios subió contra ellos en medio de la comida.

Referencias relacionadas. Compárese con Números 11:31-34, donde llega el relato histórico; con Salmos 106:15, «les concedió lo que pidieron, mas envió mortandad sobre ellos»; y con Santiago 4:3, «pedís y no recibís, porque pedís mal». La provisión verdadera y satisfactoria se contrasta con Juan 6:35, donde Cristo se ofrece como el pan de vida que sacia para siempre.

Aplicación práctica. Que Dios conceda lo que pedimos no siempre es señal de su favor; a veces es disciplina. El creyente reformado aprende a desconfiar de sus propios deseos y a someterlos al señorío de Cristo, orando «hágase tu voluntad» antes que «dame lo que quiero». La verdadera saciedad no está en los dones, sino en el Dador, y solo el alma que se alimenta de Cristo halla descanso que el pan terrenal jamás dará.

Para reflexionar. ¿Estás buscando que Dios satisfaga tus antojos, o anhelas más bien que él satisfaga tu alma con su propia presencia?

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